Los esfuerzos destinados a erradicar la corrupción van avanzando, pese a todos los obstáculos que surgen en el camino

Esto es parte de la dinámica de los tiempos y también una clara demostración de que la democracia va destapando ollas podridas y sacando a la luz trapos sucios como parte de su propia dinámica.
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En casi todas partes la política está seriamente contaminada por corruptelas de conducta y de procedimiento, y uno de los signos más relevantes de la época es el despertar de la conciencia tanto social como institucional respecto de la necesidad de atacar frontalmente ese flagelo que es en verdad una enfermedad crónica progresiva con efectos devastadores en los ambientes donde se instala y se desarrolla. Vemos ahora mismo en el mundo una creciente reacción contra las prácticas corruptas, y acontecimientos de altísimo impacto mediático como el destape de los llamados Papeles de Panamá lo demuestran de manera patente.

Dentro de esa dinámica en expansión, lo que acontece en Centroamérica es muy ilustrativo, especialmente en el llamado Triángulo Norte. La experiencia de la CICIG de Guatemala ha dejado casos emblemáticos, que tienen a figuras de primer nivel gubernamental en el banquillo de los acusados, y el trabajo sigue adelante. Hace un par de días, la Misión de Apoyo Contra la Corrupción y la Impunidad inició su operación en Honduras. La CICIG cuenta con el sustento de la ONU y la MACCIH surge arropada por la OEA. En ambos casos el punto clave es la autonomía de ambos organismos, que hace posible un esfuerzo que esté por encima de los vicios enquistados en las respectivas estructuras nacionales. En El Salvador se ha venido hablando de una CICIES al estilo de la de Guatemala, pero el rechazo gubernamental a dicha iniciativa ha impedido cualquier avance. El argumento que se esgrime es la prioridad de fortalecer la institucionalidad propia. En todo caso, si el avance no es lo que se necesita habría que seguir pugnando por figuras como las de Guatemala y Honduras, aunque la que podría surgir en nuestro país tenga sus propios perfiles.

En el país se está dando un repunte en la lucha contra la corrupción gubernamental y política que no tiene precedentes. Esto es parte de la dinámica de los tiempos y también una clara demostración de que la democracia va destapando ollas podridas y sacando a la luz trapos sucios como parte de su propia dinámica. Temas como la corrupción judicial están muy vivamente sobre el tapete de la discusión pública. Y es que hay que tener muy en cuenta en todo momento que la tarea básica consiste en contar con diagnósticos suficientes y actualizados sobre cómo está el aparato institucional en todas sus expresiones, sobre todo en las circunstancias en que nos movemos, con el crimen organizado como factor invasivo de las diversas estructuras nacionales. Y, a partir de dichos diagnósticos, lo que se impone es tomar todas las medidas pertinentes para avanzar en el saneamiento de todo el accionar nacional, muy en particular en lo que corresponde al Estado en sus múltiples ramificaciones.

En El Salvador se ha vivido siempre bajo la sombra de la impunidad, y lo que se está viendo hoy es sólo el levantamiento de una punta de la gran cobija encubridora. Las resistencias no se hacen esperar, en distintos sentidos y formas; esto hay que tenerlo siempre en cuenta para que dichas resistencias no vayan a volverse movimientos regresivos. Es de entender que toda dinámica correctiva, y más cuando se trata de algo tan sensible y arraigado como es la corrupción, constituye un proceso al que hay que darle tiempo y empeño bien articulados.

Muchas cosas están cambiando en los planos globales y nacionales. Nadie escapa a la realidad, y ésta, ahora mismo, es una especie de terapia de alta intensidad en muchos sentidos.

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