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Óscar Picardo Joao / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Cuando escribimos, pensamos o investigamos sobre educación, generalmente, nos centramos en los docentes, en aspectos pedagógicos o didácticos, en las tecnologías, en el currículum o en la infraestructura; en la mayoría de los discursos se da por hecho que el estudiante es el epicentro de todo lo educativo, pero es extraño que se profundice sobre el tema.

Los estudiantes, alumnos o discentes son o deben ser los actores protagónicos del hecho educativo y del acto pedagógico; y esto supone cuidar los riesgos antagónicos de la “educación bancaria” (P. Freire) y de la “superficialidad de la mediación cultural” (desfiguración del constructivismo); dicho de otro modo, el docente debe dar el lugar adecuado del aprendizaje al estudiante, sin “depositar” contenidos de modo fundamentalista y absolutista, y sin dejar la clase a la deriva, permitiendo que los grupos de estudiantes aprendan lo que ellos crean conveniente.

Encontrar el lugar adecuado del estudiante en el proceso educativo no es una tarea fácil; en primer lugar, porque existen múltiples inteligencias en el aula; en segundo lugar, porque cada individuo posee expectativas, intereses y contextos muy particulares y propios; y en tercer lugar, porque debemos cumplir con estándares de aprendizaje más o menos universales. Por si fuera poco, buscamos que los estudiantes sean felices, se motiven y vivan su infancia, adolescencia o juventud de manera plena.

El lenguaje escolar y académico en no pocos casos se ha vuelto hostil...; los modelos educativos tradicionales poseen tres direccionalidades: a) contenidos académicos; b) notas; y c) normas de convivencia; y esta realidad está generando un choque importante con lo que sucede fuera de la escuela; en efecto, las redes sociales, los tutoriales de YouTube, Google o Wikipedia permiten un aprendizaje más adecuado a las edades de desarrollo tecnológico de los estudiantes; los padres y madres son más sobreprotectores que antes; se lee mucho menos; y las instituciones educativas –escuelas, institutos u universidades– si no cambian representan un espacio de verdadero aburrimiento y frustración.

Los estudiantes –de manera silente– demandan un “aggiornamento” del sistema educativo; no podemos educar en el siglo XXI con el mismo modelo del siglo XVIII; y este cambio no es solo un asunto de tecnologías, sino de postura educativa, que al menos debe implicar: a) docentes culturalmente competentes y éticos; b) contenidos relevantes y pertinentes; c) pedagogía orientada a la resolución de problemas reales de la vida –incluyendo tecnologías–; d) ambientes escolares adecuados y renovados; e) dirección educativa con estrategia; entre otros aspectos. Si quiere puede llámele educación 4.0, educación para el futuro o la escuela que demandan los estudiantes hoy, eso es lo de menos.

Hablemos con los estudiantes, estudiemos con seriedad sus demandas y expectativas, y así evitaremos tanta deserción y frustración. El sistema educativo es muy importante como para dejarlo debilitar o morir a los pies del avance tecnológico debido al “argumentum ad verecundiam”. Educar es enseñar a pensar y a tomar decisiones...

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