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Los funcionarios no deben exhibirse así

Ayer fueron el presidente de la República y el Fiscal General, sosteniendo un debate de pobre calidad, repleto de incriminaciones que desdicen de la alta investidura de ambos, hoy pueden ser otros como ayer candidatos de diversos partidos. Que el embajador estadounidense terciara sólo añadió mal gusto al mal gusto.

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Es la época de las redes sociales y por ende la era de la crispación cotidiana.

Algunas más políticas que otras, las redes ofrecen una plataforma barata y accesible para que la ciudadanía se entretenga, comparta impresiones y juegue. Pero la falta de rigor orgánica de estos espacios, diseñados para el intercambio de ideas, no para el de datos, y la relativa impunidad que comportamientos sancionados en otras tribunas, entiéndase la xenofobia, el voyeurismo, el lenguaje de odio o la calumnia, atentan desde hace varios años contra la experiencia misma. de esas plazas digitales.

En El Salvador, la discusión de la cosa pública se mudó progresivamente hacia la red social; lo hizo con más vicios que buenos hábitos, repleta de guerra sucia, perfiles falsos y troleo. Y la seducción por el contacto crudo con el conglomerado así como por la posibilidad de simular la popularidad a través de la compra de seguidores, de interacciones y demás, atrajo a prácticamente todos los políticos y funcionarios posibles. No es una exageración decir que para algunos miembros del nuevo establishment ejecutivo o legislativo, la trinchera en la que se penetra o no en la agenda pasa por quién escribe con más frecuencia e ingenio en una cuenta social que por su compromiso ideológico o la congruencia de sus actuaciones en el ejercicio civil.

Útiles para convocar o movilizar, las redes sociales esconden a la vez un riesgo: ser la caja de resonancia de lo inapropiado, de lo censurable, de lo disociador. Y no es una referencia a los perfiles falsos, industria floreciente de la que algunos empresarios de nuevo cuño se regodean, sino a funcionarios del más alto nivel. Ayer fueron el presidente de la República y el Fiscal General, sosteniendo un debate de pobre calidad, repleto de incriminaciones que desdicen de la alta investidura de ambos, hoy pueden ser otros como ayer candidatos de diversos partidos. Que el embajador estadounidense terciara sólo añadió mal gusto al mal gusto.

La atmósfera preelectoral se enrarece aceleradamente. Acaso la novatez de muchos de los candidatos e incluso de algunas fuerzas políticas está arrojando confusiones y omisiones en la documentación para inscribir candidatos a concejos municipales o diputaciones.

Eso y la temperatura del discurso oficial han tensado las poleas del juego electoral; tampoco la reticencia a honrar los compromisos del Ejecutivo con los empleados de otras esferas del Estado y la presunción de culpabilidad contra miembros de un partido opositor de parte de la Policía Nacional Civil han servido de mucho.

Experto en dinamitar puentes de entendimiento, el oficialismo se ha marcado una sola vía para sacar adelante su proyecto: acumular poder hasta donde se pueda, antes que la inercia de la crisis económica pospandemia empiece a erosionar la popularidad de Bukele. Eso le ha sembrado una preocupación y presiones excesivas de cara a estas elecciones. Tales pasiones no son benignas, sólo caldo de cultivo de la confrontación.

A exactamente un mes del inicio de la campaña electoral, nuevamente exigimos desde esta tribuna moderación, civismo y patriotismo de los actores de la vida nacional, desde un ministerio público que no debe exhibirse ni exponerse a más provocaciones, hasta un presidente que debe vivir en el presente de la población y no en la futura escaramuza partidaria.

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