Los fundamentos de una auténtica prosperidad están en un ambiente seguro, en una población preparada y en una gestión eficaz y confiable

Nada que valga la pena se logra sin esfuerzo, y no hay esfuerzo que prospere si no lo acompaña una efectiva disciplina. Dejémonos, pues, de una vez por todas, de seguir divagando sin objetivo.
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Cuando se hace un recuento de las respectivas situaciones en áreas tan vitales como la seguridad, el crecimiento económico, el ordenamiento institucional y el despliegue efectivo de los servicios públicos básicos, lo que se tiene es un panorama que está muy lejos de ser alentador. Frente a ello, tendría que haber, en primer lugar, una disposición sincera a ver las cosas como son en los hechos y no como se quisiera que fueran conforme a los enfoques parcializados que tanta incidencia siguen teniendo en el ambiente. Los salvadoreños necesitamos entrar en una ruta de prosperidad que no se quede en las declaraciones sino que avance hacia los resultados beneficiosos para todos. Y prosperidad, en el sentido amplio del término, no es sólo bonanza económica sino también estabilidad social y eficacia institucional.

Cuando observamos lo que se da en nuestro entorno regional más inmediato, surge al instante la sensación de que nuestro país ha perdido el ritmo de la actualidad, quedándose rezagado en muchos sentidos. Esto contrasta abiertamente con lo que era el actuar salvadoreño en épocas no tan lejanas, cuando íbamos a la cabeza de las iniciativas de avanzada casi en todos los órdenes. Y no fueron las adversidades sucesivas, como la guerra interna, las que nos desviaron del rumbo: fueron más bien los errores de perspectiva, como la falta de una visión nacional compartida y el atrincheramiento en nociones ideológicas del pasado.

La estabilidad con progreso requiere siempre y en toda circunstancia un esfuerzo sostenido en el tiempo, que además vaya articulándose según las mismas demandas del tiempo. Como decimos en el titular, la prosperidad es una suma de factores, entre los que están en primera línea un ambiente seguro, una población preparada y una gestión eficaz y confiable. Ninguno de esos tres factores funciona actualmente en la forma debida y requerida. La inseguridad domina el ambiente, falta mucho para que la población tenga acceso a una productividad puesta al día y la gestión pública sigue adoleciendo de fallas e insuficiencias que le impiden desempeñarse a cabalidad.

Las tareas por hacer están a la vista y es la misma realidad la que las pone constantemente en evidencia. ¿Qué falta, entonces, para que comiencen a avanzar los ejercicios orientados a ponernos a tono con lo que la situación nacional y la situación internacional demandan? En primer término, voluntad de apartar todas las telarañas que impiden ver las cosas como son; en segundo término, poner en acción todas las voluntades que, dentro de sus respectivos campos de acción, pueden ser motores de progreso; y en tercer término, animarse a encarar los desafíos del presente con creatividad abierta y con verdadero espíritu competitivo.

Los salvadoreños tenemos pasta de luchadores incansables, como ha quedado demostrado en las distintas pruebas históricas que nos ha tocado pasar y como también lo demuestra el espíritu de búsqueda de mejoría que encarna en los emigrantes que van a labrarse una nueva vida pese a todos los obstáculos. Sobre esas bases de fortaleza humana se tendría que levantar el futuro nacional. Hay que limpiar la cancha para que el juego dé todo de sí.

Nada que valga la pena se logra sin esfuerzo, y no hay esfuerzo que prospere si no lo acompaña una efectiva disciplina. Dejémonos, pues, de una vez por todas, de seguir divagando sin objetivo. Hay que construir nación con todas las energías que se necesiten.

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