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Los jóvenes necesitan y demandan que se les abran nuevas perspectivas tanto en el vivir seguro como en la autorrealización personal

Pareciera que somos alérgicos a la sistematización estratégica. Nos negamos anímicamente a hacer planes fundados en el análisis de la realidad, y queremos que todo resulte del capricho del momento; y las consecuencias de ello no pueden ser más evidentes.

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Los jóvenes necesitan y demandan que se les abran nuevas perspectivas tanto en el vivir seguro como en la autorrealización personal

Los jóvenes necesitan y demandan que se les abran nuevas perspectivas tanto en el vivir seguro como en la autorrealización personal

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Crecer y prosperar tienen, especialmente para los jóvenes de hoy, significados muy propios de la época actual, que en tantos sentidos es tan distinta a todas las que vienen sucediéndose en el tiempo. Para empezar, hoy tenemos al mundo a nuestro alcance, lo cual, sobre todo en lo que corresponde a sociedades y países como el nuestro, es una novedad inimaginable hasta hace muy poco. Pero además, factores como la seguridad elemental en el plano de la convivencia han tomado una relevancia inimaginada, porque venimos de épocas en las que la inseguridad social parecía bajo control sin necesidad de mayores atenciones. Hoy, asomarse a una esquina ya es un riesgo de muy alto relieve, y las formas de la violencia se multiplican sin cesar en todas partes, como vemos en las balaceras que ciegan vidas en Estados Unidos, que se suponía una comunidad nacional civilizada desde sus más profundas raíces.

No es de extrañar, entonces, que con factores adversos como los mencionados, a los cuales se pueden ir sumando otros que complejizan cada vez más la situación, los crecientes sentimientos de incertidumbre estén a orden del día para todos, con variantes pero sin faltar. Dicha incertidumbre golpea aún más a los jóvenes, que están en las primeras etapas de su desarrollo y por consiguiente se hallan más a merced de las amenazas que los rodean. Esta, sin duda, es una de las causas mayores del ansia de ir a buscar en otras partes la estabilidad en perspectiva que aquí no encuentran. Puntos críticos como el impulso incontenible de migrar a como dé lugar se explican, pues, en buena medida, por la inestabilidad básica que aquí se vive y se padece. Trabajar en serio y a fondo en toda esta temática es de la máxima urgencia en nuestro país.

En este ámbito, como lo hemos señalado tantas veces para que no se nos quede al margen como una referencia más, el tema de la formación de niños y jóvenes resulta vital para ir despejando la ruta, que está sobrepoblada de obstáculos de la más diversa naturaleza. La ventaja mayor para nosotros en estos días resulta de eso en lo que hemos insistido sin cansarnos de hacerlo: nuestro país ha alcanzado una visibilidad global sin precedentes, y esa es una experiencia que tenemos que aprovechar al máximo. Y la mejor forma de hacerlo es sumándonos a la dinámica del progreso actualizado, en el que los jóvenes y los más jóvenes tienen una presencia creadora sin precedentes. Esa es una de las expresiones más vivas de la evolución.

Pero nada de lo anterior puede lograrse y afianzarse sin que las nuevas generaciones cumplan debidamente el rol que les corresponde, lo cual implica estar bien formados, bien ubicados y bien comprometidos. En resumen, formación, ubicación y compromiso constituyen los tres pilares básicos de una auténtica superación, tanto personal como social. Pero esto, desde luego, no puede lograrse ni con un gesto ni con una palabra: tiene que haber desempeño adecuado y suficiente del sistema en el que todo esto debe hallarse debidamente incorporado. Lo cual implica un plan de vida y una estrategia de trabajo. En otras palabras: no hay que seguir aferrados al azar.

A los niños y a los jóvenes hay que educarles no sólo la mente sino también la sensibilidad. Y para eso están, en primer término, la familia y la escuela. Familiares y maestros deben ser los gestores individualizados de dicha función formativa; pero también el ambiente tiene que hacer lo suyo con el ejemplo de las buenas prácticas. Sólo si confluyen todos esos factores debidamente armonizados se hace factible lograr que la vida humana se exprese como debe ser. La dispersión y el desorden lo que hacen es socavar la consistencia comunitaria en todo sentido.

Desafortunadamente otra de las grandes fallas en nuestro proceder nacional es que pareciera que somos alérgicos a la sistematización estratégica. Nos negamos anímicamente a hacer planes fundados en el análisis de la realidad, y queremos que todo resulte del capricho del momento; y las consecuencias de ello no pueden ser más evidentes, aunque casi nunca sirvan para rectificar la conducta de base. En esto también hay que educar correctiva y preventivamente a niños y jóvenes.

Si fuera posible, lo ideal sería que todos, absolutamente todos, desde los niños hasta los mayores, entráramos en una especie de taller de reparación histórica del que nadie se quedara fuera. Y en los más altos niveles del poder esto es aún más determinante e inexcusable. Menos mal que tal necesidad ya no hay cómo esconderla y mucho menos borrarla del mapa nacional, desde la base del mismo. ¡Y qué ventaja que así sea!

Los salvadoreños nos hallamos en camino de nuestro reencuentro con la esencia propia. Era hora más que sobrada de que estuviéramos aquí, respirando hasta el fondo de la identidad que nos caracteriza. Como hemos dicho tantas veces, El Salvador es un destino que hay que vivir desde que se tiene conciencia. Tomémoslo en serio.

Este día, 6 de agosto, es el de nuestro padre y mentor, el Salvador del Mundo. Lleguemos a sus pies, y abracémonos a ellos con sinceridad sin límites. Este país, al que pertenecemos y que nos pertenece, es a la vez un tesoro y una misión.

Hagamos todo lo que nos corresponda para que la generación actual y las que vengan tengan bien arraigada esa voluntad de destino que acabamos de mencionar.

Y que, con el auxilio de la Divina Providencia, seamos cada vez mejores seres humanos.

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