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Los jóvenes y el desafío democrático en esta hora en que tanto la juventud como la democracia necesitan unir fuerzas más que nunca (1)

En nuestro caso específico como país, hacemos el recorrido de posguerra dentro del nuevo escenario de la democracia irreversible.
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En el momento actual la participación de los jóvenes en la vida del país se está haciendo cada vez más intensa y demandante. El fenómeno tiene ahora connotaciones históricas del más alto relieve, pero esta temática no es nueva en sí, y el enfoque sobre la misma, aunque variable a la luz de los acontecimientos sucesivos, está presente desde hace mucho. Traigo a cuento una experiencia personal, que no me resisto a compartir en esta precisa coyuntura. Allá a comienzos de febrero de 1986, es decir, hace ya 31 años, y cuando aún estábamos inmersos en la guerra interna, participé en una Conferencia titulada “Juventud y Democracia”, que patrocinó el Instituto Sanmartiniano Salvadoreño en el Centro de Estudios de la Fuerza Armada (CEFA). Mi exposición se llamó “Los Jóvenes y el Desafío Democrático”, y es lo que comento hoy en esta columna.

Cito algunos párrafos iniciales: “Ser joven es, primordialmente, tener la vida por delante. Es decir, hallarse situado ante el horizonte de las posibilidades de realización con la confianza íntima y visceral de que el tiempo nos pertenece, de que la fuerza material y mental nos es propicia, de que el mundo –aun si se trata del pequeño mundo que nos rodea– es susceptible de ser conquistado por nuestras ambiciones y nuestros anhelos. La juventud es, en esencia, gozar de un sentimiento de invulnerabilidad frente al paso de los días; y por eso los jóvenes de siempre sueñan válidamente con emprender las más arriesgadas empresas y embarcarse en las más imaginativas transformaciones de la realidad, que en todo caso es muy estrecha, limitada e insatisfactoria para el joven que está lleno de ansias de perfección”.

Un poco más adelante se agrega: “Pero no se queda ahí la condición de ser joven. Porque ser joven es también estar expuesto –de manera dramática– al acoso de la duda, al difícil enfrentamiento con el propio enigma vital, a los múltiples desafíos de todo un coro de cuestiones: ‘¿En qué creer?’, ‘¿Qué hacer?’, ‘¿Cuándo y cómo actuar?’, ‘¿A quién seguir?’, ‘¿Hasta dónde aspirar?’... La enumeración puede ser interminable; pero quizás todas esas interrogaciones –que no son abstractas, sino muy vividas, muy del destino cotidiano de cada quien– se fundamenten en la respuesta que se le dé a la primera de ellas: “¿En qué creer?”...

Y así se sigue: “Cuando la juventud de aquí y de ahora se hace la pregunta –¿En qué creer?–, y se responde que cree en sí misma, y que por consecuencia cree en la fuerza de la historia y en el horizonte del futuro, está afirmando implícitamente que cree en la libertad, porque en esta última se cifran los sueños y los empeños de la juventud inteligente de todos los tiempos. Esa juventud que siempre creyó en el sano poder de la inteligencia, y que, si bien es presa de la confusión, porque aquélla, como decíamos, ha desbordado sus cauces morales, aspira siempre a retomar la magnitud del hombre que piensa sin egoísmo, que sueña con tolerancia y que construye en comunidad. Porque ser joven, además de abarcar la dimensión abierta del hoy y del mañana, aparte de encarnar la conjunción de las dudas y de los enigmas vitales, representa el momento único e irrepetible en que la inteligencia se entiende mejor con el sueño de la libertad. Y aquí podríamos decir a los jóvenes: abran sus corazones a ese sueño, pero en forma inteligente, analítica y evolutiva; y hagan que sus mentes se impregnen de esa esencia fervorosa que es el deseo intenso de cambiar el mundo, de perfeccionar la sociedad, de hacer que todos los seres humanos compartan los frutos de la vida, pero de manera que el tiempo que a ustedes les corresponde configurar no se vuelva una espiral alucinante de dogmas utópicos, de fantasías cientificistas y de pugnas sin fin por el dominio exclusivo de las verdades históricas. El riesgo está, pues, en seguir impulsando un tipo de inteligencia que se despoja voluntariamente del bien y de la virtud; y la salvación acaso esté en rehacer el viejo anhelo de que la libertad y la justicia sean los motores armónicos del vehículo racional”.

31 años después de haber escrito el texto citado, las condiciones de la realidad nacional y global hacen que el rol de la juventud sea más determinante que nunca. Y lo que estamos viendo en todas partes es ese brote generalizado de ansias de participación y de impulsos de regeneración. En nuestro caso específico como país, hacemos el recorrido de posguerra dentro del nuevo escenario de la democracia irreversible. Las dificultades se han vuelto virales, pero las oportunidades también se multiplican. Los jóvenes están más presentes que en ningún otro momento, y ese es uno de los mejores signos de los tiempos. (CONTINUARÁ).
 

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