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Los límites de una crisis (II)

Este es un tema inagotable con diferentes enfoques.
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Los límites de una crisis (II)

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En la perspectiva económica debiese tener un límite. En teoría hay crisis: cuando un sistema empieza a tener signos de agotamiento en su generación de empleo, declinación en su capacidad exportadora, incapacidad de cubrir el gasto gubernamental con su captación tributaria y declinación de su atractivo como potencial de inversión extranjera directa. Pero al parecer no es un límite para un país que conversa con la pobreza y sobrevive con bajo crecimiento del producto por décadas y también con el que estadística y visiblemente registra una desigual distribución del ingreso (los de arriba, los del valle y los de más abajo en determinada zona de la ciudad capital). A manera de ejemplo y tratando de ser más explícito.

En lo social, el país sobrevive con unos indicadores de educación y de cultura impresionantes que no requieren de estadísticas. Definitivamente es deprimente para los que contamos con un mínimo de conciencia ciudadana el poseer indicadores de subdesarrollo que no requieren de registros y de cuadros con números que nadie entiende. La realidad está a la vista, basta con tener una rutina de tratar de ser útil en un par de lugares a los cuales se asiste y salir avante de un torbellino de chatarras rodantes y observar al paso en las aceras la pobreza sobreviviente.

Un país en el cual el homicidio compite con las plagas de orden natural y animal corrobora la tesis que es un territorio en el cual la inmensa mayoría de seres humanos sobreviven sin calidad de vida. Ya lo aseveré antes, políticos que no quieren acuerdos o simples mortales me dicen: por qué te preocupas si hay registros de países con alta delincuencia y violencia extrema que rebasan las posibilidades de la seguridad pública e imposibilitan a las autoridades garantizar una convivencia pacífica. Les contesto: yo vivo en El Salvador y cumplo a cabalidad mis derechos y obligaciones, con mis actitudes y con el puntual pago de los impuestos. Pero también ensayo la participación ciudadana, externando mi verdad.

Siguiendo con la preocupación de los límites de una crisis, hasta donde una sociedad que no ahorra, ni invierte es capaz de seguir con una dependencia de sus remesas y su exiguo producto (en términos relativos y comparativamente hablando a nivel internacional) y tomando en cuenta que consumimos más de lo que se produce. ¿Hasta qué límite? Bueno, en este país la magia opera y la mayoría de los salvadoreños son estoicos y se manifiestan poco formalmente, solamente en tertulia, en un chambre masoquista.

Como lo aseveré en artículo anterior, el consumo como parte integrante de la demanda agregada se destaca y como destino en el crédito bancario también. El comercio y los restaurantes permanecen activos, al menos en lo que personalmente puedo apreciar los fines de semana. En tal sentido, pareciera que mi preocupación se puede interpretar como delirio tremens de un macroeconomista que desconoce el negocio informal, donde circulan el billete y el pick up último modelo también.

La economía oculta o subterránea predomina. Parodiando a Eduardo Galeano: somos un país embarcado en el crucero del consumo, la mayoría de los navegantes están condenados al naufragio, cuando la deuda externa ya no pueda pagar, por cuenta de todos, los pasajes de los que pueden viajar. La cultura del consumo, la violencia y la población crecen a ritmo de pánico. Ojalá la paranoia de que todo tiene su límite sea personal y los que gobiernan y los que deciden “sabrán qué hacer”.

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  • economia
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