Los límites del poder en nuestra incipiente democracia

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Andrew J. Bacevich en su libro “The Limits of Power: The End of American Exceptionalism” manifiesta que el sistema político de Estados Unidos está en quiebra, que el principio fundamental bajo el cual se fundó la república, libertad para todos, ha sido remplazado por ese obsesivo e insaciable apetito por lo material, y que la autocomplaciente clase política, para acomodar ese voraz apetito, ha creado una economía semiinformal que permite alimentar de manera sostenible la implacable hambre.

¿Y nuestro querido El Salvador? Después de la fratricida guerra, comenzada por loables ideales, son los Acuerdos de Paz los que marcan el punto de inflexión donde se establecen, como punto de reinicio, los valores de libertad e igualdad para todos, el punto de esperanza que los cambios necesarios se harían; y hoy, después de tanta sangre y sufrimiento, venimos a desembocar en más sangre y mayor desesperanza.

Nuestra clase política exhibe ese voraz e insaciable apetito por lo material: formal e informal, legal o ilegal, no importa... y nunca es suficiente. Nos han vuelto un país de tendencias dependientes; donde el ocio es remunerado –preocupa que el porcentaje de salvadoreños que espera que el gobierno le solucione sus problemas va en incremento; donde el Estado presenta síntomas de extrema ineficiencia –consume cada vez más recursos con cada vez más pobres resultados. La clase política no ha aprendido a controlar su materialista apetito, a vivir dentro de las posibilidades del país.

Aflige el endeudamiento que se adquiere para financiar la gordura del aparato estatal, desmoralizan los excesos de remuneraciones y prebendas, ya no digamos el uso y abuso de la propiedad del Estado por funcionarios y sus allegados.

Los gobiernos de la posguerra nos han conducido como un rebaño de borregos, siguiéndolos calladamente a que nos trasquilen, en el mejor de los casos, o a que nos destacen, en el peor de los casos; esa silenciosa mayoría que no protesta ni elige a sus gobernantes, simplemente ratifica los escogidos por otros, cúpulas y dirigencias.

El poder del Ejecutivo llegó en la posguerra a niveles dictatoriales nunca vistos, con total control de todos los poderes del Estado, total y descontrolada plenipotencia, con predecibles resultados de los que hoy día somos testigos. ¡Ah! pero los pueblos y la democracia son de paciencia larga pero no infinita, tarde o temprano pasan factura, comienzan a exigir, a manifestarse aquí y allá, las instituciones comienzan a funcionar, una... otra... y así. Por eso vemos organizaciones y ciudadanos poniendo demandas, haciendo valer sus derechos; una valiente Sala de lo Constitucional; una Fiscalía General de la República sin precedentes, perseverante y enfocada; y lo más importante, una juventud cada vez más participativa en los destinos de nuestro país. Vamos avanzando, por eso se escuchan las chillantes voces de los políticos... “ladran, pero la caravana avanza”.

¿Soluciones? ¿Cuál es el mayor pecado mortal de esta gran y creciente burocracia? Que ha puesto sus intereses colectivos e individuales por encima de los intereses de nuestro querido El Salvador, ese, mi estimado lector, es el pecado original de nuestra incipiente democracia, y no hay fórmula de fe que lo corrija, ya que más que un pecado es hoy día un tumor, y los tumores se erradican. ¿Cómo erradicar este tumor llamado partidocracia? Simple: 1) quitarle a los partidos políticos el monopolio del ejercicio del derecho político, 2) dividir el país en distritos electorales, 3) primarias independientes para elecciones presidenciales, 4) eliminar ese pernicioso y aberrante sistema de residuos y cocientes, 5) los concejos municipales de directa elección sin tontilocas fórmulas... dejar que el pueblo elija.

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