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Los llamamientos a la sensatez y a la serenidad para no entrar en un nuevo ciclo de odio y de venganza deben ser atendidos por todos

Como dice la Conferencia Episcopal, “debemos trabajar todos por la instauración de la verdadera paz”. Una paz reconciliatoria, en la que nunca más haya victimarios ni víctimas.
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El tema de la amnistía decretada inmediatamente después de concluido el conflicto bélico por la vía de la negociación ha estado siempre al acecho desde entonces, porque algunas voces no han cejado en el empeño de exigir que dicha amnistía fuera eliminada para pasar a los juzgamientos por los crímenes cometidos antes y durante el conflicto armado. En estos días, y como resultado de un recurso de inconstitucionalidad, la Sala respectiva resolvió por mayoría hacer la declaratoria correspondiente; y a la luz de ello surgieron de inmediato las opiniones encontradas que era de prever, y sobre todo se activaron las expectativas sobre lo que podría ocurrir en los hechos. El temor de que se desatara una “vendetta” generalizada se hizo sentir de inmediato, muy en especial desde los distintos ángulos del esquema político, ya que ahí están muchos que podrían salir directamente afectados.

Pero es de hacer notar que tampoco tardaron en aparecer las opiniones apaciguadoras, lo cual demuestra que la atmósfera nacional, saturada de tantos problemas y trastornos, ya no aguanta más tensionamientos derivados de un pasado traumático que afortunadamente quedó atrás. Aunque los que tozudamente quieren seguir en el empeño de castigar a los que están en su lista de acusados enarbolan la bandera de la justicia, no han hecho hasta ahora ningún esfuerzo visible para rastrear las culpas en todos los bandos que estuvieron por tanto tiempo en la destructora contienda. En realidad, infinidad de víctimas del conflicto, desde las fases preparatorias de éste, son anónimas, y de seguro así se mantendrán para siempre.

En nuestro primer comentario sobre la inconstitucionalidad aludida, justamente un día después de la sentencia correspondiente, aparte de abogar por la sensatez frente a la situación desatada por el fallo, hicimos recordatorio de un hecho que habría que tener muy en cuenta: la verdad, la justicia y el perdón son factores que se deben considerar siempre, para hacerlos interactuar de manera inteligente y responsable, y que además presentan importantes interrelaciones; así, la verdad requiere ser conocida en todo caso, por encima de los efectos legales consiguientes; la justicia no sólo es punitiva sino que tiene que ser reparadora; y el perdón es independiente tanto de la verdad como de la justicia, porque se trata de un movimiento superior de la voluntad, que libera al que lo otorga más allá de lo que haga el ofensor.

La Conferencia Episcopal de El Salvador acaba de dar a conocer un comunicado de gran densidad orientadora, cuyos términos son dignos de la máxima atención. En dicho comunicado hay un enfático llamamiento a la madurez, la serenidad y la buena voluntad, para que los efectos de reparación cumplan su rol sin repetir las malas prácticas del pasado. Y en tal contexto se cita una frase luminosa del Papa Juan Pablo II que se refiere a la “purificación de la memoria”. Esa debe ser la ruta para la purificación del alma nacional en todos sus aspectos.

Lo que en realidad esperamos es que esta experiencia se convierta en una reconsideración en serio de las formas tan traumatizantes de interrelación que prevalecen en nuestro ambiente. Como dice la Conferencia Episcopal, “debemos trabajar todos por la instauración de la verdadera paz”. Una paz reconciliatoria, en la que nunca más haya victimarios ni víctimas. Es la visión de un país reconciliado con lo mejor de sí mismo.

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