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Los matones del gobierno no quitan el dedo del renglón

El músculo represivo está ahí, tenso, pero la presión internacional, especialmente de los diplomáticos estadounidenses, impide a Bukele liberar de modo más abierto a sus hienas, así que se conforma con que se careen contra periodistas, analistas y sociedad civil del modo barriobajero que les caracteriza. ¿Controla Bukele esos ladridos? Por supuesto. ¿El acoso digital es directriz suya? No cabe ninguna duda.

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Cada cierto tiempo, desde el gabinete del odio de Casa Presidencial se le atiza a los que critican, cuestionan o informan sobre la coyuntura nacional en una clave que no le gusta al mandatario.

Ocurre con frecuencia pues a Bukele, si no es propaganda, no le gusta nada de lo que se dice, comenta o publica. Y con la propaganda, pasa como con los relojes: una vez descubres que no es fiel a la realidad, ya no sirve para nada. Y la propaganda del oficialismo ya no es tan efectiva como hace un año.

La pandemia ofreció al mandatario la oportunidad de que la nación entera lo escuchara en régimen diario; los meses de encierro incluyeron irremediablemente la exposición al contenido gubernamental y aunque osciló entre lo utilitario y lo patético, la presencia consistente de Bukele en las conversaciones familiares, la penetración de su discurso fue inédita en nuestro país. Hasta entonces, lo más invasivo que habíamos tenido era a Saca contaminando con sobornos todo lo que se moviera en el mundo profesional y político, y a Funes con la repetición de su filípica en más medios de comunicación de lo ordinario.

Los meses más cruentos de la pandemia fueron los de mayor popularidad del presidente precisamente por ese acceso repetido a la intimidad de las familias, fue la primavera de su propaganda sin que la población tuviese más remedio que consumirla por necesidad, convicción o aburrimiento.

Una vez concluido el encierro, en la medida que el populismo de cajón se fue quedando sin municiones y que la vanidad del presidente lo mal aconsejó de jugársela a todo y nada con el desvelo del bitcóin, y a propósito del desmantelamiento de la Comisión Internacional contra la Impunidad, el desfile de su gente de confianza en la lista Engel y la emergencia del rostro más vulgar del gobierno, la popularidad del mandatario ha ido en desmedro. Sólo un megalómano podía creer que gobernando así, la burbuja le duraría cinco años.

Las deficiencias del cogobierno de GANA y Nuevas Ideas son patentes excepto para su base electoral más alienada, la que continúa confundiendo la narrativa artificial alrededor de Bukele con el naufragio de su administración. Los efectos de ese extravío, los económicos, muerden cada vez más profundo el estómago de la población. Aún falta que la escalada de inseguridad y el ascenso de la militarización de la seguridad se manifiesten con la brutalidad que se viene previendo hace meses.

Y aunque todavía vacilantes por la unanimidad de la que el régimen aparentaba gozar, las voces críticas comienzan a fortalecerse porque se saben respaldadas por un malestar, una insatisfacción que no es marginal.

Por eso mismo los ataques de desprestigio, matonería e intimidación que cultivan algunos de los peores servidores de este gobierno volverán a ponerse de moda. El músculo represivo está ahí, tenso, pero la presión internacional, especialmente de los diplomáticos estadounidenses, impide a Bukele liberar de modo más abierto a sus hienas, así que se conforma con que se careen contra periodistas, analistas y sociedad civil del modo barriobajero que les caracteriza.

¿Controla Bukele esos ladridos? Por supuesto. ¿El acoso digital es directriz suya? No cabe ninguna duda. La única pregunta es si en los meses críticos que se avecinan, se conformará con el hostigamiento de sus lebreles o su intolerancia superará otra frontera.

Tags:

  • gobierno
  • Bukele
  • pandemia
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