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Los obispos latinoamericanos se pronuncian sobre Venezuela haciendo ver la agobiante gravedad de la situación que ahí impera

Cuando no hay estructuras productivas libres se acaba la productividad y llegan la escasez y la penuria, como se ve sin tapujos en la Venezuela que quiso enarbolar arrogantemente la bandera del llamado Socialismo del Siglo XXI. Y puestos en tal perspectiva, el caos venezolano ejerce función de advertencia lacerante para todos aquellos que quisieran emprender el mismo trayecto.
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El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) reunido en El Salvador en su 36ª. Asamblea General Ordinaria ha externado expresiones de gran preocupación por lo que viene pasando en Venezuela a raíz de que el régimen imperante en dicho país genera, prácticamente desde su instauración hace ya casi dos decenios, situaciones de trastorno generalizado que se vuelven cada vez más incontrolables. Según la CELAM, que recoge así una impresión cada vez más generalizada, Venezuela vive una crisis humanitaria de grandes proporciones, por la escasez de lo básico, el populismo agresivo, la ruptura de los esquemas democráticos y el atropello de las libertades. Esto ha conducido a una imparable protesta ciudadana que es respondida por el régimen con distintas formas de violencia.

El país sudamericano cuenta con una inmensa riqueza petrolera, que ha sido despilfarrada por ese populismo aberrante y por las ansias de hegemonía regional que fueron la obsesión de Hugo Chávez. Ahora mismo, el caso venezolano ha traspasado todas las fronteras de lo previsible, y lo que se muestra es una especie de caos sin salidas a la vista, porque el régimen fustiga a la oposición y en vez de inclinarse por alguna forma de normalización pacificadora hace uso desesperado de recursos inverosímiles en las actuales circunstancias, como sería una Asamblea Constituyente sacada de la manga y planteada como una maniobra sin disfraz.

Lo que estamos viendo en Venezuela es una prueba patente de lo que ocurre cuando se traspasan los límites de lo razonable en todos los sentidos; y ante eso ni siquiera las riquezas materiales más caudalosas son capaces de compensar los desatinos cabalgantes y de sostener las estructuras dañadas. Los regímenes de corte socialista, de cualquier tipo que sean las vestimentas que asuman, rompen el esquema productivo nacional en el afán de que los sectores públicos controlados por el grupo que ha absorbido el poder lo decida y lo aproveche todo; y al final viene la quiebra definitiva, como se vio en la Unión Soviética, que era una superpotencia, pero que ni por eso pudo mantenerse en pie.

Cuando no hay estructuras productivas libres se acaba la productividad y llegan la escasez y la penuria, como se ve sin tapujos en la Venezuela que quiso enarbolar arrogantemente la bandera del llamado Socialismo del Siglo XXI. Y puestos en tal perspectiva, el caos venezolano ejerce función de advertencia lacerante para todos aquellos que quisieran emprender el mismo trayecto. La Venezuela chavista alentó fantasías en el entorno político latinoamericano y compró voluntades para empujar dichas fantasías. Hoy todo eso es un tinglado en ruinas, por más que muchos de los desesperados acompañantes quieran mantener viva la retórica populista, que ya es un estandarte hecho trizas por la misma realidad.

No se sabe cuándo acabará para Venezuela la pesadilla chavista; pero lo que sí resulta anticipable es que la reconstrucción será prolongada y muy compleja, porque destruir es fácil pero reconstruir es siempre muy difícil. Y ojalá que esto comience muy pronto.

Y a los que aún imaginan que el populismo es una ruta hacia el futuro, todas las evidencias les están advirtiendo que los únicos caminos hacia el progreso real se abren en el terreno de las libertades democráticas efectivamente practicadas y garantizadas.
 

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