Los organismos electorales en la organización de procesos democráticos

En las naciones democráticas algunas constituciones no solo exaltan la importancia del cuerpo electoral, sino que lo señalan como uno de los más importantes órganos del Estado. Su función es garantizar credibilidad y eficiencia.
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La carencia de credibilidad electoral en América Latina es consecuencia de que ha habido épocas, por desgracia no superadas, en que las elecciones todavía no son fuente de legitimación de situaciones de hecho. Hoy es inimaginable un gobierno que no tenga el respaldo de credenciales electorales legítimas. La ausencia o la carencia de credibilidad de las justas democráticas de un país trae condiciones de inestabilidad e ingobernabilidad que afectan de manera directa el crecimiento económico, el desarrollo, los derechos humanos y sociales.

Los organismos electorales son agentes de cambio para el fortalecimiento de nuestras democracias, porque son el escenario donde se materializa el nivel de cultura política de los habitantes de una región; pero para ello es necesario que la independencia y la autonomía frente a los otros órganos del Estado sean realmente efectivas.

La credibilidad no es un concepto que se obtiene en un día, en unas semanas o en una jornada electoral. Para generar confianza y respeto se requiere un arduo, intenso y permanente trabajo en pro de los derechos fundamentales del ciudadano que se acerca a las urnas, en cada uno de los procesos electorales, y se encuentra en una organización eficiente. Por el contrario, ¿qué tenemos acá?

Ineptitud en un proceso electoral, que se puede definir como la falta de aptitud o conocimientos para pensar y ejecutar elecciones democráticamente exitosas, o desempeñar un cargo con incapacidad e incompetencia que conduzca a una desviación respecto de lo que es normal, regular o previsible, de todo lo que podría suceder antes, durante y después de una elección: tales como sustitución de paquetes electorales, actas, caída de los sistemas de cómputo en red para confundir a la opinión pública y manipular los resultados electrónicamente. Complicidad con otros funcionarios de los procesos electorales para ocultar las evidencias del fraude electoral. Cualquier intervención para favorecer a un candidato, partido o propuesta electoral, mediante propaganda maliciosa o fuera del periodo permitido. Uso de la fuerza pública contra los inconformes o contra la prensa, ya está ocurriendo. Manipulación de los sistemas de cómputo. Soborno a los votantes con vales de dinero, materiales o alimentos. Cuando hemos tenido frente a nosotros, a lo largo del proceso electoral y de manera documentada en muchos casos: inicio de la votación con una hora o más de retraso en la mayoría de las JRV; inflar la votación de una candidatura movilizando vigilantes con “doble DUI”; desacato a la Sala de lo Constitucional y a la Ley Electoral; daños abusivos de los DUI; amenazas de grupos irregulares a votantes de determinado partido; irrespeto al periodo de reflexión que manda la Ley Electoral; propaganda sonora en centros de votación; fallas en la transmisión de actas; empresas contratadas “de buena fe” para procesar datos; escándalo por sabotaje, robo de fibra óptica, problemas para imprimir actas; comienzo tardío de escrutinio final y una larga la lista de “irregularidades”.

Dados los sucesos, me pregunto si El Salvador avanza en democracia real, donde no haya posibilidad de que hechos denigrantes como los mencionados salgan a relucir. ¿Fraude o irregularidades? No lo sé, pero van de la mano por el mismo camino; para que la eficiencia sea realidad, es necesaria la disposición de recursos técnicos, humanos y jurídicos, a fin de respaldar ese enorme y costoso engranaje que se mueve en todo proceso electoral, por pequeño que sea su padrón.

La modernización de los procesos electorales a través de medios técnicos es un imperativo social que en la actualidad no da espera. Ningún país puede quedarse atrás de los adelantos tecnológicos que se ofrecen a los sistemas electorales. El procesamiento, ordenamiento y transmisión de datos, a través de una nueva tecnología, es un imperativo que debemos seguir, en aras de consolidar la credibilidad, eficiencia y el prestigio de nuestras instituciones electorales. Solo con un sistema electoral moderno puede haber una democracia moderna.

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