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Los partidos políticos deben hacer ejercicios de análisis sobre la situación propia, para poder cumplir su rol a cabalidad

Los partidos tienen que ir directamente, cada uno con su respectiva realidad, al encuentro de la voluntad ciudadana, para reconocerla de nuevo, para interpretarla sin excusas autocomplacientes y para animarse al reencuentro verdaderamente democratizador.

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David Escobar Galindo

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Los salvadoreños iniciamos nuestra andadura democrática casi inmediatamente después de que se produjera el Golpe de Estado del 15 de octubre de 1979, que desde luego no fue un Golpe como los anteriores, sino que vino con una función que en aquel momento casi nadie pudo entender: ponerle fin al largo período de autoritarismo político que había tenido su punto de partida en el sismo histórico de 1932. Fueron 47 años de tozuda resistencia a cualquier avance democratizador, y cuando en 1980 empezó a dibujarse el nuevo esquema estábamos en pañales. De inmediato, la consecuencia profundamente divisiva acumulada a lo largo de aquel casi medio siglo se hizo presente con estallido que para muchos parecía inverosímil: la guerra militar en el terreno. El escepticismo y la falsa confianza levantaron cabeza: "Esto no va a durar nada..." Y el proceso dio su respuesta: aquello duró más de una década, y su solución tampoco fue prevista. Volvamos a preguntarnos: "¿Y hasta cuándo seguiremos queriendo que la realidad esté a nuestro servicio, cuando siempre acaba pasando todo lo contrario?"

Emprendió ruta la posguerra el mismo día 16 de enero de 1992, cuando se firmó en el Castillo de Chapultepec de la Ciudad de México el Acuerdo de Paz. Y aquí de nuevo la historia vuelve a repetirse, como dice el tango: los liderazgos salvadoreños se dieron por bien servidos con la paz y se dedicaron a una especie de veraneo político interminable, pese a que la tarea estaba perfectamente marcada: crear en el terreno las condiciones para que la democracia no llegara a ser un fantasma de sí misma. Había que analizar, había que proyectar, había que planificar, había que construir, había que... hacer todo lo necesario para que el compromiso histórico tomara cuerpo sano y animoso. No se hizo así, y las fantasmagorías comenzaron a ganar terreno.

Ilustración de Moris Aldana

Y de nuevo la realidad activó su impaciencia, y lo hizo por la vía de la frustración ciudadana. Ahora se puede decir con toda facilidad: esto se veía venir; pero una de las cosas más reincidentes al estar encerrados en la ceguera consentida es precisamente la negación obsesiva a ver hacia afuera. Y los efectos de dicha ceguera es a lo que ahora se enfrentan sin alternativas las fuerzas políticas llamadas tradicionales. El hecho puede ser muy agobiante y hasta traumático, pero tengamos algo claro: el sistema como tal no está perdido ni mucho menos, aunque lo que falta por hacer sea salir de un sonambulismo que se resiste tozudamente a despertar.

Ahora, pues, estamos ante una nueva coyuntura política, en la que cada quien debe asumir sus propias responsabilidades y sus propias tareas. En lo que a las fuerzas partidarias se refiere, la coyuntura exige autoanálisis, autocrítica y autocontrol. Los partidos tienen que ir directamente, cada uno con su respectiva realidad, al encuentro de la voluntad ciudadana, para reconocerla de nuevo, para interpretarla sin excusas autocomplacientes y para animarse al reencuentro verdaderamente democratizador. Hay que sacudirse todos los velos encubridores para dejar que la iluminación del realismo constructivo pueda manifestarse en pleno.

El ejercicio al que estamos haciendo referencia no puede ser, en ningún caso, un impulso ocasional: tiene que plantearse como una política interna permanente en cada partido y en todos los partidos, porque de lo que se trata es de mantener viva y efectiva la comunicación entre la ciudadanía y los que aspiran a representarla. En tal sentido, debe producirse en forma inequívoca y organizada un concurso de voluntades que respondan a lo que la democracia exige para dar todo de sí.

No basta, pues, con los cambios de cúpulas y con los reacomodos de ocasión: lo que se impone es redefinir las líneas partidarias en razón de lo que deben ser en las circunstancias actuales. Así, para el caso, es preciso reevaluar lo que significa estar ahora en la derecha, en la izquierda y en el centro, porque en un mundo tan transformador como el que vivimos ninguna imagen estacionaria sobrevive.

Tenemos confianza en que habrá renovaciones actualizadoras en todas las áreas del espectro político. Y esa confianza deriva de que hay una ciudadanía cada vez más consciente de su rol y de su responsabilidad como fuente originaria del poder. Veremos, sin duda, cosas muy significativas al respecto en el tiempo que viene, tal vez no mañana pero sí pasado mañana. Ojalá que así sea.

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