Lo más visto

Más de Opinión

Los partidos políticos deben prepararse debidamente para la continuidad y para la alternancia en el ejercicio del poder

Por su propia naturaleza, el régimen democrático es un permanente movimiento de fuerzas, que se rige formalmente por la dinámica del ejercicio electoral programado conforme a la ley.
Enlace copiado
Los partidos políticos deben prepararse debidamente para la continuidad y para la alternancia en el ejercicio del poder

Los partidos políticos deben prepararse debidamente para la continuidad y para la alternancia en el ejercicio del poder

Los partidos políticos deben prepararse debidamente para la continuidad y para la alternancia en el ejercicio del poder

Los partidos políticos deben prepararse debidamente para la continuidad y para la alternancia en el ejercicio del poder

Enlace copiado
En abierto contraste con lo que ocurre en el régimen autoritario, la democracia se basa procedimentalmente en el juego de fuerzas, que se alimentan periódicamente de la voluntad popular expresada en las urnas. Lo clásico en el ejercicio democrático, aquí y en cualquier parte donde dicho ejercicio se produzca, es que nadie tenga asegurado nada de antemano, porque las opiniones ciudadanas tienen la misma dinámica del clima: son previsibles sólo hasta cierto punto. Eso hace que los contendientes vivan en una especie de puente colgante y fluctuante, que puede moverse de un lado hacia otro, aunque siempre hay una orilla visible a la que todos tienen que arribar.

Desde luego, tomar en serio y sin quebrantos emocionales esta forma de proceder normal de la vida democrática requiere entrenamiento progresivo, sobre todo cuando se viene de un esquema como el autoritario, en el que por tanto tiempo estuvo inmersa nuestra vida política y social. En verdad, en la democracia no hay vencedores ni vencidos, por más que así pueda parecer en las coyunturas específicas a la luz de los números electorales: en la democracia lo que hay son repartos de posiciones y responsabilidades, que corresponden tanto a los que son llamados a constituir gobierno como a los que son designados para ser oposición. Y, por consiguiente, no es consecuente con la realidad dramatizar los resultados ni en un sentido ni en el otro.

Aunque la alternancia es lo más natural en el dinamismo democrático, la continuidad también es legítima, cuando las condiciones de la competencia así lo determinan. En nuestro país, hemos experimentado tanto la continuidad como la alternancia, y ambas nos dejan lecciones de consideración. Analicemos sintéticamente la experiencia: ARENA estuvo cuatro períodos al frente del gobierno, y ahora el FMLN lleva su segundo período en el liderazgo ejecutivo. Tanto la continuidad como la alternancia tienen costos que hay que saber valorar a tiempo, para no cargar con facturas fuera de control. El problema principal de la continuidad es que estimula vicios de conducta que pueden volverse trampas históricas, y el problema principal de la alternancia es que puede tender a estimular “cambios” de ocasión que acaban siendo también trampas históricas. Lo sensato, entonces, en cualquiera de dichas eventualidades, consiste en propiciar el realismo moderador, independientemente de cuál sea la circunstancia que se presente.

Lo que la democracia demanda en todo caso es respeto a su lógica propia, que se basa en la naturalidad referida principalmente al manejo sano y razonable tanto de las coincidencias como de las diferencias. Y, por supuesto, tiene que haber siempre en vigencia una conducta que respete escrupulosamente tanto la legalidad como el bien común. La práctica de la corrección en todas las acciones y reacciones que se produzcan en la cotidianidad de la vida política es un factor inexcusable para darle garantía sólida a la normalidad del proceso.

Lo que verdaderamente más perturba el buen desempeño del accionar político es la falta de responsabilidad y de disciplina en el ejercicio del poder dentro de esa lógica democrática a la que acabamos de referirnos. Lo primero que habría que asegurar, entonces, es que todos los actores nacionales reconocen explícitamente dicha lógica y se comprometen a actuar dentro de sus principios y métodos en cualquier circunstancia.

Tanto la continuidad como la alternancia, cuando son decididas por la voluntad ciudadana, tienen que responder a tales principios y métodos. Ni la continuidad puede ser una patente de corso ni la alternancia un billete aleatorio.

Lee también

Comentarios