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Los partidos políticos están, más que nunca, en el ojo público, y eso debería hacerles abrir los ojos sobre sus responsabilidades

Ninguna demagogia, ningún retroceso, ninguna irresponsabilidad son permisibles ni admisibles. Todos debemos respetar nuestro proceso, y los que ejercen política tanto en los espacios partidarios como en los ámbitos del poder gubernamental se encuentran en la primera línea de dicho compromiso.

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En la política, como en todo, cada momento histórico tiene sus propias oportunidades y presenta sus propios desafíos. Esto lo vemos aquí y en todas partes, porque se trata de un fenómeno natural, que se marca aún más cuando ocurre en el contexto de la práctica democrática que se halla en aprendizaje inicial, como es justamente el caso de El Salvador en el curso de esta etapa posterior al fin de la guerra.

A estas alturas, ya no se debería hablar de posguerra, porque en los más de 25 años transcurridos desde que se dio el Acuerdo de Paz se han ido perfilando circunstancias que ven mucho más hacia el futuro que hacia el pasado, y esto habría que tenerlo en cuenta como un nuevo esquema de realidad al que hay que aportarle todo lo que se necesita para que el país avance hacia etapas posteriores con los impulsos constructivos del caso.

La decisión ciudadana en las urnas que tuvo lugar el 4 de marzo pasado para definir la nueva legislatura y los nuevos concejos municipales que tomaron posesión el pasado 1 de mayo culminó con una lección drástica dirigida directamente al partido que está hoy en el gobierno, pero que a la vez se extiende, con distintos mensajes, a todo el conjunto partidario; y ahora estamos en otra prueba electoral para decidir quiénes ocuparán la Presidencia y la Vicepresidencia de la República en el quinquenio que viene, y es una competencia que presenta novedades también muy aleccionadoras, como es la incidencia que está teniendo la frustración ciudadana por el ineficiente y poco fiable desempeño de los partidos políticos especialmente en el manejo del poder.

En tales condiciones, se ha vuelto urgente, cada día más, que las fuerzas partidarias entren en serio en una fase de reciclaje verdaderamente remodelador de sus conductas tanto internas como externas. El momento es complicado al respecto porque la lucha electoral es proclive siempre a hacer giros de apariencia, que se esfuman en cuanto la decisión ciudadana se concreta en las urnas.

Lo que habría que asegurar en todo caso es que los resultados electorales, de los que saldrán los que van a entrar al gobierno y los que pasarán a la oposición, no se conviertan en una nueva conflictividad irreconciliable, sino que abran espacios para que las distintas posiciones se comporten con la racionalidad democrática que es lo que determina un desempeño normal para todos.

Independientemente de lo que resulte de las urnas en la elección que se avecina, lo que la ciudadanía tiene que seguir demandando de manera consistente es que todos los componentes del sistema de vida y del régimen de libertades no sólo se mantengan intactos sino que se fortalezcan sin excepción. Ninguna demagogia, ningún retroceso, ninguna irresponsabilidad son permisibles ni admisibles. Todos debemos respetar nuestro proceso, y los que ejercen política tanto en los espacios partidarios como en los ámbitos del poder gubernamental se encuentran en la primera línea de dicho compromiso.

Esperamos que la prueba actual abra perspectivas promisorias, y eso se logrará si todos ponemos lo que nos corresponde en forma oportuna y eficiente.

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