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Los personajes inolvidables de la infancia se quedan con nosotros para siempre, y ese es uno de los grandes regalos de la vida

Mantener vivos en la memoria dichos vínculos es de seguro uno de los más gratos ejercicios existenciales, cuya capacidad vivificante en vez de decaer se fortalece con el paso de los años.
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El ser humano es, en cualquier condición y circunstancia, un catálogo de experiencias y de sensaciones que se van sucediendo y acumulando en el tiempo. En tal sentido, las distintas épocas de la vida personal presentan sus propias características, que además varían según lo que es y lo que hace cada quien. En ese recorrido, los vínculos personales de la más variada naturaleza que se van produciendo en el curso del tiempo constituyen un entramado humano que es una especie de compañía simbólica a lo largo de la existencia. Mantener vivos en la memoria dichos vínculos es de seguro uno de los más gratos ejercicios existenciales, cuya capacidad vivificante en vez de decaer se fortalece con el paso de los años.

Mi tía abuela Meches Galindo era hija de Francisco Esteban Galindo, una de las figuras intelectuales más relevantes de nuestro siglo XIX, y de Lola García Arce, descendiente directa del padre de Manuel José Arce. Al morir su madre, se vino de Sonsonate con su hermana Lydia y trabajó por muchos años en la Alcaldía de San Salvador. Desde el inicio de mi memoria la recuerdo contándome historias de familia, pues era una especie de experta incansable en enlaces genealógicos. Con mi abuela Lilliam, su cuñada, tenían relación fraternal; y como yo prácticamente vivía con mi abuela, era acompañante infaltable a los mutuos encuentros. La tengo presente tal si estuviera aquí, relatando vivencias familiares como una narradora espontánea.

Se llamaba Margarita Perla y era cocinera en la finca del cantón San Nicolás de Apopa donde vivían mi madre y su segundo esposo. No era una cocinera campesina porque había vivido con familias urbanas, en ambientes que estaban muy cerca de la cultura tradicional de la época, y así, por reflejo de sus patronas, se hizo lectora de novelas románticas. Desde que llegó a la finca apopeña entabló conmigo una relación muy especial. Por las noches me contaba historias clásicas como la de Genoveva de Bravante y yo la acompañaba a la plaza del pueblo a hacer las compras de la semana. Fue ella quien me impulsó a ponerme en contacto con mi padre, a quien no veía desde los tres años. Y fue ella la depositaria de mis primeros versos, que guardó cuidadosamente en su tumbilla.

Don Toño Martínez trabajaba como jefe en la estación de Las Cañas, donde se detenía el tren que iba todos los días en ida y vuelta entre San Salvador y Chiquimula, y por eso era conocido como tren de Oriente. Don Toño, casado con la Niña Chentía Gamero, había perdido una pierna en un accidente en los rieles y por eso usaba prótesis. Era un hombre expresivo, de contextura gruesa, y muy dado a la música. Tocaba la guitarra y cantaba boleros y rancheras. La casa de finca donde vivían mi madre y mi padrastro estaba muy cerca de la línea férrea, subiendo por la cuesta de polvo. Yo visitaba con frecuencia a don Toño, que me decía: “Chelito, no te digo que me acompañés con esta cerveza pero sí con esta canción”. Y las armonías me siguen embargando de gozo hasta la fecha.

A los 9 años llegué a estudiar Cuarto Grado en el Colegio García Flamenco, allá en la 8ª. Calle Poniente, cerca del Cine Apolo, del montepío Las Tres Bolas de Oro y de El Diario de Hoy. Ahí conocí a grandes maestros, cuya disciplina y naturalidad fueron la primera y mejor lección. Entre ellos, don Saúl Flores, que además era escritor consumado. Me acerqué a don Saúl, y él tuvo a bien ponerles atención a mis primeras inquietudes poéticas. Cuando en 1956 le dediqué un poema en el Día del Maestro me regaló su libro “Lecturas Nacionales de El Salvador” con una dedicatoria inolvidable: “José David: Sus bellas palabras las guardo en mi corazón. Su conducta, su aplicación y su aprovechamiento son motivo de honda satisfacción para sus maestros que lo queremos y apreciamos. Reciba este pequeño recuerdo con todo mi cariño. Su maestro Saúl Flores”.

En una de las esquinas de la bocacalle donde se encuentran la Calle de Mejicanos y la Calle 5 de Noviembre, estaba la tienda La Royal, de la Niña María García Medrano. Era la tienda más fuerte de la zona y se la había puesto don Winnal Dalton, el padre de Roque, hijo también de la Niña María. Ella era enfermera y conoció a don Winnal cuando él se curaba en un hospital de las heridas que sufrió en un duelo. Yo vivía con mi abuela materna, profesora de inglés, en el Pasaje Rovira, en esa misma bocacalle. Mi abuela le daba clases a Roque o Roquito como le decía la Niña María, que era ocho años mayor que yo, y la Niña María me ponía inyecciones. Ella era una persona encantadora y sencilla. Cada vez que yo llegaba a la tienda me regalaba un caramelo, sonriéndome.

Aquí no se agota la lista. En otra ocasión continuaremos.
 

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