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Los personajes reales que verdaderamente hacen historia

En nuestros país, en estas turbulentas vísperas electorales, estamos sofocados por tanta tribulación artificiosa y tanto rebote de actitudes estridentes; pero no hay que dejarse embargar, ni mucho menos contaminar, por todo ello.
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La muerte de Nelson Mandela ha reanimado una ola de sentimiento admirativo a lo largo y a lo ancho del mundo. Y no es para menos: Mandela es un símbolo de lo que significa la entrega a una misión de armonía en medio de las condiciones más adversas. La Sudáfrica del Apartheid era el ejemplo de la antihistoria: un régimen de separatismo racial elevado a las proporciones más absurdas y siniestras. Y ahí este hombre sin miedo ni odio fue haciendo su trabajo hasta que se logró lo que parecía imposible: desmontar la estructura perversa y levantar una nueva realidad, de convivencia y de respeto mutuo. No es de extrañar, entonces, que el sonriente Mandela esté grabado en el alma de su pueblo. Y tampoco lo es que la irradiación de este muestrario de virtudes heroicas tenga proporciones de seguro imperecederas.

Cuando uno ve fenómenos como este, es inevitable reconocer que lo humano es un desafío de múltiples posibilidades. Depende de la línea y de la ruta que tome cada quien. Y al decir cada quien nos referimos a cada persona y a cada sociedad. Frente a las grandes pruebas, algunos toman la ruta de la guerra y de la destrucción; otros, en cambio, asumen la misión de la paz y de la construcción. Desafortunadamente, aquéllos son siempre los más, y estos son siempre los menos. Pero los menos, que se cuentan en cada generación con los dedos de las manos, son los que hacen la gran diferencia, la casi milagrosa diferencia. Mandela es uno de esos pocos, y su trabajo tiene proporciones inagotables, en su país y en el mundo. No convirtió su propio sufrimiento en venganza, ni su propio ideal en violencia. Lección impecable, que, más allá de las declaraciones ocasionales, habría que convertir en floración permanente.

Impecable y hacedera. Porque cuando uno observa y calibra ejemplos como el de Mandela o el de Martin Luther King, aquel extraordinario apóstol de la “no violencia”, se da cuenta de que lo peor que le puede pasar a cualquiera es caer en la trampa de sus propias fuerzas negativas, que están siempre al acecho, en el interior y en el exterior de la persona. Y aquí es imposible no sentir la presencia viva y actuante de alguien como Ghandi, que representó en su momento, y desde entonces, la grandeza del ministerio de la paz.

En otro ámbito, van surgiendo otras imágenes, también emblemáticas de lo que debe ser el alma de la fe y de la esperanza. Recuerdo de inmediato 1983, cuando el Papa Juan Pablo II visitó nuestro país. Se publicó entonces un libro cuyo texto tuve el privilegio de escribir, y al que le puse como título el lema que se le aplica a dicho Papa según la profecía de San Malaquías: “De labore solis”, Del trabajo del Sol. No se podía saber entonces que treinta años después, en este 2013, se habrían sucedido dos Papas más: Benedicto XVI y Francisco, “De la gloria del olivo” y “Pedro romano”, según la referida profecía.

Todo ello, un mosaico realmente convocante. Veamos la secuencia: Juan Pablo II fue el comunicador; Benedicto XVI, el facilitador; Francisco es el reformador. Trilogía perfecta. Juan Pablo abre la Iglesia al mundo comunitario global; Benedicto afina las bases intelectuales y se retira con intuición insuperable para que llegue la hora de la transformación; Francisco desembarca como un navegante iluminado y animoso. Juan Pablo sigue la ruta del Sol por las distintas latitudes; Benedicto abre las ventanas del recinto pontificio hacia el reencuentro rehabilitador con todos los horizontes; Francisco tiene la misión de convertir la casa en inequívoca casa de Dios. San Malaquías, en el siglo XII, tuvo, pues, aciertos intrépidos, aunque es una profecía privada, no canónica.

De seguro, en el vivir cotidiano de todas partes, es posible identificar a muchísimos seres que se apartan de toda forma de violencia y le rinden culto anónimo a la paz. Lo que pasa es que los violentos, los intolerantes y los malévolos son los que más se hacen sentir, y por eso pareciera que están siempre en la primera línea. No nos dejemos engañar por ese espejismo distorsionador. Las fuerzas del bien pueden más que las fuerzas del mal, aunque estas vociferen sin descanso.

En nuestro país, en estas turbulentas vísperas electorales, estamos sofocados por tanta tribulación artificiosa y tanto rebote de actitudes estridentes; pero no hay que dejarse embargar, ni mucho menos contaminar, por todo ello. Que la Navidad inminente nos sirva de ablución depurativa. Y efusiones como la que nos deja un ejemplo como el de Nelson Mandela nos depuren la respiración de las ideas y de los propósitos, a fin de saber enfrentar cualquier adversidad y de poder tomar debida conciencia de todo lo bueno que puede venir si nos lo proponemos.

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