Los poetas del bien

Hace años, en un congreso de literatura de ambas orillas del Atlántico, en Gijón, España, concebimos con cierto galardonado escritor que ha devenido en gloria nacional de su país, lo que sería una de sus novelas de mayor relevancia, entre sorbos de café de mi parte y tragos de vino de la suya, ya que soy abstemio practicante desde los 33 años.
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<p>[email protected] &nbsp;</p><p>La charla se centró sobre los poetas olvidados, tanto a escala latinoamericana como a escala nacional. Y hablábamos de “olvidados” en el sentido de que no recaía sobre ellos la fama y la gloria que tienen los llamados consagrados de la literatura latinoamericana contemporánea, como por ejemplo el de los tres premios Nobel latinoamericanos en poesía, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Octavio Paz.&nbsp;</p><p>Luego de hacer el respectivo recuento, caímos en la cuenta de que estábamos ante un verdadero retablo de vivencias, obras por rescatar y anécdotas de provincia, que no por ello dejaban de ser universales. Pues como lo escribió el Conde León Tolstoi, “escribe sobre tu aldea y te volverás universal”.&nbsp;</p><p>A escala latinoamericana existen poetas del olvido relevantes, entre quienes se cuentan figuras señeras como el colombiano León de Greiff, el chileno Pablo de Rokha, el peruano César Moro, el argentino César Fernández Moreno, el mexicano Jaime Sabines o el nicaragüense Salomón de la Selva.&nbsp;</p><p>Lo mismo sucede en la literatura salvadoreña, donde es muy frecuente encontrar grandes poetas que debido a la incipiente tradición editorial de nuestro país están relegados al olvido.&nbsp;</p><p>En este sentido hablábamos de poetas de gran calidad y rigor estético como Vicente Rosales y Rosales, quien se adelantó a los existencialistas europeos de posguerra escribiendo un poema nihilista intitulado “Invierno”, o “el poeta salvaje” Antonio Gamero, autor de un panegírico hormonal proveniente directamente de los “Poètes maudits” franceses, intitulado “Buscando tu saliva”.&nbsp;</p><p>Pero no solo ellos, hay un maestro del soneto que permanece en el olvido, Orlando Fresedo, autor de un clásico llamado “Bahía sonora”. Poeta bohemio, su verdadero nombre era Orlando Aníbal Bolaños, y fue nieto del general Bernardo López e hijo del capitán Regino Bolaños, participantes como miembros del Ejército en la masacre de 1932. Algo de este complejo de culpa quería quemar Fresedo con el alcohol, patente ya en su cambio de nombre. Hay un hermano gemelo literario de Fresedo, el poeta, Armando López Muñoz, autor del poema “Naufragio inútil”, del cual se apropió Roque Dalton en su novela “Pobrecito poeta que era yo...”.&nbsp;</p><p>Esta saga literaria continúa con poetas como Ulises Masís, autor de dos libros claves: “La tradición en retratos” y “La Nueva Palabra y otros poemas”, así como José María Cuéllar, que escribió obras como “El espejo a lo largo del camino”, “La cueva”, “Diario de un delincuente” o “Las vacilaciones y las dudas son obra de los molinos de viento”.&nbsp;</p><p>Hay otras voces que permanecen enterradas, como la de la poetisa Liliam Serpas, o, más recientemente, la de Ricardo Bogrand, Uriel Valencia o la del poeta guerrillero Alfonso Hernández, quien tuvo tiempo, a pesar de su compromiso militante, de heredarnos varios libros de su exquisita poesía.</p><p>Aquella charla de café en Gijón fue cortada por el organizador del Congreso, escritor chileno de renombre, quien nos recordó: “Todos somos poetas, mientras no se demuestre lo contrario”.</p><p>&nbsp;</p>

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