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Los políticos de todos los colores deben replantearse su responsabilidad presente

Hay que tener confianza en las posibilidades reales de que el sistema nacional, en todas sus expresiones, reciba los tratamientos que le permitan evolucionar satisfactoriamente hacia sus metas más sentidas. Y quienes tienen que activarse más que nadie en esa línea son los políticos.
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Si algo nos va enseñando de manera continuada y progresiva la voluntad popular es que la democracia va imponiendo su lógica por encima de todas las trampas y distorsiones que nunca dejan de acecharla. Pero esto no significa que nuestro proceso evolutivo pueda avanzar sin tropiezos dentro de una dinámica evolutiva que se resiste a abandonar sus distorsiones tradicionales. En tales circunstancias, lo que la realidad les está poniendo como tarea prioritaria a todas las fuerzas identificables en esta hora del devenir nacional es el reconocimiento de su función característica, que es el servicio a los intereses de la generalidad de los salvadoreños, por encima de cualquier otra consideración, sea de ideología o de posiciones de grupo o de sector.

La medición sobre las formas y los contenidos de las actuaciones políticas –tanto partidarias como gubernamentales– en la especial coyuntura del momento podrá empezar a hacerse en las semanas que vienen, en cuanto la nueva legislatura y las nuevas estructuras municipales asuman sus cargos el 1 de mayo que está a las puertas. Y en primer término habrá que seguir de manera precisa y escrutadora los movimientos que se hagan en la Asamblea para configurar mayorías simples; y, en un plano más complejo, para alcanzar mayorías calificadas.

Ojalá que en esta oportunidad, dadas las condiciones resultantes de lo que dijeron las urnas el 4 de marzo y conforme a las expectativas que genera el evento electoral de 3 de febrero del año que viene, se empiece a dar entre los partidos y sus liderazgos un giro coherente hacia los posibles puntos de encuentro para tratar desde ahí la complicada y retadora problemática que está pendiente de soluciones desde hace ya tanto tiempo. Ni el Gobierno puede seguir estancado en sus visiones ya trasnochadas ni la oposición debe centrarse en lo que hace o deja de hacer el Gobierno sin presentarle al país, como tarea propia e inexcusable, su esquema propositivo renovador.

Hay que tener confianza en las posibilidades reales de que el sistema nacional, en todas sus expresiones, reciba los tratamientos que le permitan evolucionar satisfactoriamente hacia sus metas más sentidas. Y quienes tienen que activarse más que nadie en esa línea son los políticos que están en primera línea de responsabilidad porque ese es el encargo que han recibido de la voluntad ciudadana. Esto es decisivo para superar cualquier crisis que se presente y para adelantarse a toda contingencia peligrosa.

En el horizonte, la prueba electoral de 2019 está marcada por el augurio de que se tomará un rumbo distinto al que ha venido prevaleciendo en los años más recientes, y eso no habría que tomarlo a la ligera, sino asumirlo como un compromiso de nación en el más claro sentido del término. Ese cambio de rumbo es lo que ha estado reclamando la ciudadanía de modo sistemático, y seguirse resistiendo a escucharla es encapsularse en la sordera sin salida.

Que los políticos cumplan con su deber elemental de servirle al bien común para que nadie tenga que lamentarse cuando las consecuencias de no hacerlo le pasen factura.

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