Los retos que enfrenta la llamada “clase política” son cada vez más directos y apremiantes

Las cúpulas dirigentes son, desde luego, las más reacias a aceptar esta realidad evolutiva, y por eso están más expuestas a la crítica y al señalamiento.
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David Escobar Galindo / Escritor

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Durante muchísimo tiempo, en nuestro país el ejercicio de la política fue una muestra de exclusividad antinatural, porque los que tenían el control de las decisiones y la gestión del poder estaban por encima de todo control legal y ciudadano. Esto se agudizó desde que la experiencia insurreccional de 1932 fue utilizada como argumento decisivo para impedir cualquier dinámica competitiva en el plano político. La cúpula militar y la cúpula económica, en estrecha y todopoderosa alianza, lo decidían todo, hasta que la misma fuerza subterránea de la evolución hizo que aquella fórmula que parecía invulnerable entrara en crisis terminal, allá a fines de los años 70 del pasado siglo. Se dio entonces, como lo hemos mencionado tantas veces, el brote democratizador, que ya no tenía alternativas.

El hecho de que antes de dicho brote no existiera competencia política real determinó que tampoco hubiera fuerzas partidarias en el verdadero sentido del término. Había caricaturas de partidos, movidas al gusto por los que acaparaban el poder, y fue hasta que se comenzaron a presentar indicios de que el esquema político vigente estaba cada vez más cerca de dar de sí que los partidos reales comenzaron a dibujarse en el ambiente; y eso determinó que las resistencias de los acaparadores del poder se hicieran más y más inescrupulosas, con lo cual se aceleró el desmontaje anunciado. El Golpe de Estado del 15 de octubre de 1979 fue el cierre de una época y la apertura de otra. Y las elecciones presidenciales de 1984, de las que resultó triunfadora la Democracia Cristiana con su candidato José Napoleón Duarte, inauguraron, ya en forma irreversible dentro del nuevo marco constitucional, la puesta en marcha de la competitividad sin dados cargados ni simulacros impresentables.

Pero como era de esperar las organizaciones políticas en competencia no tenían modelos de los cuales aprender las prácticas correspondientes a dicha competencia, y cargaban con muchos lastres anímicos y procedimentales del pasado; y lo que más se visibilizaba era la herencia ideológica de la preguerra y de la guerra, que marcó desde el principio a las dos fuerzas partidarias predominantes, la de derecha y la de izquierda, que han mantenido tal condición durante los ya más de 25 años de la posguerra.

La evolución, sin embargo, va haciendo su obra, y una de las expresiones más claras y notorias de este dinamismo se da en el reclamo creciente dirigido a la institucionalidad partidaria para que se comporte como tal en toda circunstancia. Dicho reclamo surge de distintos ámbitos ciudadanos, lo cual indica que nuestra conciencia democrática se va desinhibiendo en forma progresiva.

Lo que ahora se exige con mayor insistencia es madurez en la actuación y eficiencia en el desempeño. Antes todo se concentraba en ganar; hoy se pone énfasis en gobernar. Y aunque algunos se siguen aferrando a la retórica extremista, como esa que quiere mantener a flote las imágenes del viejo y trasnochado socialismo soviético, lo cierto es que la competencia libre y abierta ya se instaló como uno de los más elocuentes signos de los tiempos.

Esto pone a la llamada “clase política” en vilo constante, porque lo que le toca hacer, sin escapatoria, es adaptarse a los tiempos, de manera creativa y con voluntad responsable. Las cúpulas dirigentes son, desde luego, las más reacias a aceptar esta realidad evolutiva, y por eso están más expuestas a la crítica y al señalamiento. Es del caso subrayar, entonces, el imperativo de tomar todas estas señales de modo constructivo, para que el proceso gane arraigo y solidez.

Ahora que nos hallamos inmersos en una dinámica electoral tan compleja y decisiva, el sano y coherente proceder de los políticos y de sus organizaciones es clave para enderezar el rumbo nacional en todos los sentidos. Y reiteramos con toda convicción dos términos esenciales e insustituibles: madurez y eficiencia. Sin madurez todo se queda a merced de lo imprevisible y sin eficiencia no hay iniciativa que prospere.

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