Los rostros de la bandera

Hace algunos meses, se creyó que la posibilidad de votar por los rostros de los candidatos a diputados y ya no solo por las banderas de los partidos que los proponen tendría efectos telúricos en el escenario electoral 2015.
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A la larga, los institutos políticos se encargaron de devolver a la ciudadanía a la realidad: en algunos casos mejoraron el empaque, en ninguno de ellos el producto.

De la repartición de recriminaciones e injurias que antes caracterizaba a las campañas de diputados, pasamos a la actual colección de huecos eslóganes, enternecedores jingles con rimas facilonas o chabacanes juegos de palabras con los apellidos de los candidatos. Uno no sabe si le están vendiendo una plataforma política o si quieren que vayamos a la heladería.

Ninguno de los candidatos a diputados se ha distinguido por su feroz adhesión a alguno de los temas más urgentes para la ciudadanía (delincuencia, recuperación del espacio público, protección al consumidor), menos aún a los delicados (trato a los delincuentes menores de edad, aborto, unión homosexual, etcétera), que conectarían por oposición o apoyo con esos inmensos nichos sobre los cuales dormimos.

Ya que el nivel discursivo de la campaña ha sido pobre, y se redujo a personas enfundadas en los colores de su partido recitando los elementales valores liberales, ha sido imposible distinguir no solo entre quienes son de un departamento del país netamente agrícola o de otro de alta composición urbana, sino entre los que son de un partido o de su antípoda.

Tal profusión de candidatos incoloros, inodoros e insípidos no es producto de la incompetencia de sus asesores de comunicación; simplemente es el resultado de la naturaleza de los partidos políticos en El Salvador, que continúan siendo verticales, con un ideario corto y sin producción intelectual.

El patrimonio de los principales institutos políticos nacionales ha sido su cuota de adeptos en un escenario polarizado.

En una sociedad poco ilustrada como la nuestra, la opinión pública es altamente vulnerable a las lecturas maniqueas y simplistas. Y los salvadoreños tenemos tan afincado ese método de entender la realidad, que lo trasladamos a todos los órdenes de nuestra vida, desde el insólito “¿usted es Barcelona o Real Madrid?”, hasta la íntima identificación con rojos o azules.

Simpatizar con ARENA o con el FMLN es solo uno de los rasgos de la cosmovisión de cientos de miles de salvadoreños que, aún sin declararse de izquierda o de derecha, asocian esos colores a un modo de vivir, a una posición respecto a la Iglesia, a las autoridades, a las relaciones internacionales... Hay una carga de conceptos primarios muy fuerte que los salvadoreños asociamos automáticamente a esas dos banderas.

Ambos partidos lo saben, y por eso, si el candidato a diputado no es suficientemente atrevido, inteligente o singular en sus propuesta, se verá arrasado por el peso de la bandera con que calza su foto en la comunicación y en la papeleta.

A fin de cuentas, y a menos que el candidato sea tan fotogénico como para ganarse el voto sin que lo hayamos escuchado, o que haya planteado soluciones creativas en esas migajas de publicidad que su partido le ha regalado, la principal razón que tendremos para votar por rostro será paradójicamente la bandera que lo respalda.

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