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Los salvadoreños debemos empezar a pensar seriamente en la necesidad de generar armonías básicas

Siempre es tarde para hacer lo que no se hizo a tiempo, y siempre se está a tiempo para no dejar pasar más tiempo.
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Si de algo hemos carecido los salvadoreños en el curso de nuestra accidentada historia es de un ejercicio consistente de armonización en todos los niveles de nuestra vida colectiva. Esto, por supuesto, tiene raíces muy profundas en el ser social, que se va haciendo realidad desplegada con el paso del tiempo. De seguro en alguno de esos trasfondos palpita nuestra condición de pueblo migrante, que viene desde las remotidades de la experiencia histórica nacional.

Somos país de emigración, y lo hemos sido siempre, con las características que ello acarrea. Se nos dificulta el arraigo, “porque cualquier día a lo mejor nos va tocar alejarnos, quizás para siempre; y entonces hay que tener el menor número posible de dependencias establecidas, para que el distanciamiento no implique más rupturas traumáticas…” Pero los fenómenos humanos van cambiando, y aunque la emigración nunca dejará de ser un desprendimiento, la de nuestros días es a la vez una reafirmación de lo propio, como lo vemos a diario en el proceder de los que estando “allá” se hallan mucho más cerca del “aquí” que los que aquí seguimos.

A la incidencia del accionar migratorio hay que agregar el distorsionado ejercicio del poder que fue tomando posesión de la realidad, sobre todo la realidad política, que siempre está en la base de todas las demás. Sin embargo, los factores espontáneos de autorreconocimiento como sociedad con voluntad propia tampoco han estado del todo ausentes, y en algunos momentos se han hecho sentir de manera verdaderamente ejemplarizante. Citemos dos, de especialísima significación reveladora: el movimiento civil que, bajo la forma de una huelga de brazos caídos, terminó con la dictadura martinista de los 13 años; y la conjunción de voluntades ciudadanas que le dio sustento al Acuerdo de Paz que concluyó el conflicto bélico de los 12 años.

Habría que preguntarse, entonces, por qué impulsos armonizadores como los citados no han sido capaces de configurar una actitud nacional integradora permanente. En primer lugar, porque los liderazgos no han sido capaces de asimilar y administrar el mensaje. Por el contrario, tales liderazgos, encabezados por los liderazgos políticos, lo que han hecho, con tozudez regresiva autodefensiva, ha sido seguir desperdiciando tiempo irrecuperable, mientras la realidad acrecienta la urgencia de reciclajes en los distintos enclaves ideológicos.

La ventaja principal que se tiene en la coyuntura presente consiste en que todos los signos y mensajes del fenómeno real apuntan hacia la necesidad insoslayable de armonías básicas. Mencionemos algunos de esos signos: la inseguridad fuera de control que, como está más que comprobado, nadie puede encarar en solitario; el crecimiento económico insuficiente, que requiere a todas luces aportes sustanciales de todos los sectores productivos en clave de interacción; la falta de consolidación institucional, que demanda un nuevo esquema de colaboración y de concertación entre el Gobierno y los partidos y entre estos como tales.

Cuando hablamos de armonía no estamos refiriéndonos, por supuesto, a un presunto estado idílico, que se trastorna ante el primer brote conflictivo. No hay que evadir las diferencias, que son expresión natural de la vida en cualquier lugar y época, sino evitar que se conviertan en armas de ataque o en mecanismos de subversión. En otras palabras, la verdadera armonización es un propósito que tiene dos componentes ineludibles: disciplina y paciencia. La armonía constituye siempre una tarea por hacer, que hay que habilitar inteligentemente en el día a día. Y el factor elemental, sin el cual no se puede levantar nada sólido, es el respeto mutuo. No puede haber armonía sin respeto, y esto vale para todo tipo de relaciones humanas, desde lo personal hasta lo social en todas sus manifestaciones.

Para muchos, dadas las condiciones presentes de la realidad nacional, hablar de armonía es una especie de desvarío utópico; pero lo peor sería caer en la trampa de tal consideración que tiene más de desaliento y de frustración que de análisis realista de las circunstancias. Estamos como estamos precisamente por no haber hecho a tiempo y en debida forma lo que se imponía en función de los hechos reales, que en definitiva son los que van poniendo la pauta.

Siempre es tarde para hacer lo que no se hizo a tiempo, y siempre se está a tiempo para no dejar pasar más tiempo. Basta ya, pues, de infantilismos regresivos, y que las cosas en el país tomen el rumbo y el ritmo que la maduración del proceso reclama, cada vez con mayores apremios. No queda ninguna excusa válida para mantenerse en las mismas.

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