Los salvadoreños debemos recuperar la autoestima nacional por lo bueno que también tenemos

Se dice, ya como frase de cajón, que lo mejor de El Salvador es su gente; y esto tendríamos que reconocerlo en serio, porque es un hecho cierto, que se puede comprobar de múltiples maneras.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Cuando las adversidades políticas, sociales y personales adquieren las proporciones y muestran los impactos que se han vuelto virales por doquier –para decirlo con un término que es de los que vienen ganando notoriedad extrema en el ámbito global–, se generaliza la sensación de que las cosas están irreparablemente fuera de control y por consiguiente no hay salidas del túnel. Y eso es aún más invasor en un caso como el de El Salvador en estos ya sobredilatados tiempos de posguerra. Los dos problemas que más agobian a la sociedad en los tiempos que corren son el auge del crimen y la persistencia del letargo económico. Y aunque es claro también que no todo está perdido y que hay brotes de mejoría que sin ser suficientes están ahí, la negatividad no deja de hacerse valer, como un fantasma que se las sabe todas.

Cuando en un ambiente determinado, como ocurre en el nuestro, las condiciones básicas de seguridad y de oportunidad se han deteriorado al máximo, la tarea de reconstrucción de la confianza y de recuperación de la esperanza se hace cuesta arriba. Y ante eso, que es una verdad probada de mil maneras, lo único que queda como opción de rescate es partir estratégicamente de cero para darles sentido de reavivamiento efectivo a las tareas insoslayables, como son sentar bases para una nueva convivencia y poner en funciones un renovado espíritu de progreso. Aunque esto no se ha dado en el país de manera sistemática y convincente, no se puede desconocer que el ánimo de autorrealización viene caracterizando a los salvadoreños desde siempre, y es lo que va dejando huellas prometedoras pese a todos los obstáculos sucesivos.

La recuperación de la autoestima nacional no puede lograrse con invitaciones abstractas ni con ofrecimientos ilusos. Se trata de una labor de reconstrucción piedra a piedra del edificio clásico de nuestra propia identidad; pero esto también debe verse y asumirse como un ejercicio aeróbico reparador del alma nacional. Y el primer movimiento a tratar sería el inventario de lo que tenemos, sin prejuicios ni resistencias. Se dice, ya como frase de cajón, que lo mejor de El Salvador es su gente; y esto tendríamos que reconocerlo en serio, porque es un hecho cierto, que se puede comprobar de múltiples maneras. Muchos salvadoreños, sobre todo niños y jóvenes, caen en las redes del crimen, pero eso no es impulso espontáneo, sino efecto desafortunado de las condiciones de vida que proliferan en el ambiente.

Hay, pues, que ponerle especialísima atención a esas condiciones de vida, que cada vez responden menos a lo que la gente espera y anhela, ya que de tal sensación tan deprimente van emergiendo y expandiéndose ondas depresivas que son capaces de trastornar el ambiente hasta límites que en circunstancias normales parecerían inverosímiles. Lo que nos toca hacer cuando eso se produce es sacar fuerzas de flaqueza y decidirnos a reactivar creativamente las energías que aún tenemos a disposición para empezar a ordenar la casa, como se dice en el lenguaje cotidiano. Al emprender dicha tarea restauradora se van iluminando las zonas más rescatables de la realidad nacional, lo cual debe servir de detonante anímico para rehabilitar la fe en lo que somos y la esperanza en lo que podemos llegar a ser.

El Salvador ha sido un laboratorio histórico que ha servido para procesar fenómenos de la más variada índole. El mejor ejemplo de ello es la guerra que vivimos a fuego diario durante un poco más de una década, tanto en la preparación para desatarla como en su desarrollo y en su desenlace. Y ese laboratorio continúa funcionando en la actualidad. Tengámoslo presente para obtener de él los productos reveladores que necesitamos para rehabilitarnos en el presente y prepararnos hacia adelante. El factor determinante de una nueva realidad en los hechos reside en la voluntad de los salvadoreños, que deben dejar de sentirse disminuidos por tantas calamidades sucesivas y reconocerse como gestores plenamente capacitados para liderar el esfuerzo de renovación integral que nos llevará a tocar las mejores metas y a conseguir los logros máximos.

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