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Los salvadoreños estamos urgentemente necesitados de recuperar nuestro apego de patria en su auténtico sentido

El sentimiento de comunión patriótica es una vivencia que constituye la raíz más profunda de nuestro ser consciente, y desde ahí proyecta sus impulsos vitales como una fuerza modeladora del destino personalizado, independientemente de cuál sea éste.

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David Escobar Galindo

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La Patria es el hogar nacional, y como tal nos pertenece y nos abriga en prácticamente todos los aspectos de nuestra individualidad y nuestra sociabilidad. El problema que siempre se presenta al respecto es que la Patria tiende a ser vista y asumida como una idealización que está por encima de la realidad, con todos los efectos difuminadores y desorientadores que eso trae consigo. En verdad, el sentimiento de comunión patriótica es una vivencia que constituye la raíz más profunda de nuestro ser consciente, y desde ahí proyecta sus impulsos vitales como una fuerza modeladora del destino personalizado, independientemente de cuál sea éste. Por eso cuando tal sentimiento pierde consistencia, con riesgo de diluirse en la nada anímica, lo que amenaza es la dispersión de todas las energías individuales, con proyección malévola sobre el ser social. Es lo que, de muchas maneras pero con el mismo efecto destructor, hemos experimentado los salvadoreños en los tiempos más recientes.

No es de extrañar, entonces, que nuestra sociedad esté padeciendo una progresiva desintegración de sus estructuras fundamentales, comenzando por las que corresponden al ejercicio de la propia identidad. Al respecto, la tendencia que ha venido creciendo en los tiempos más próximos es la que conduce a creer que los salvadoreños carecemos de identidad respetable, y por consiguiente nos hemos sentido cada vez más dispuestos a abandonarnos a lo imprevisible, que es la fuente de las más desanimadoras inseguridades. Se trata, evidentemente, de una forma de orfandad que atenta de manera directa contra nuestras energías más entrañables; y los efectos y consecuencias de ello no se hacen esperar. El primero de ellos es la sensación de que aquí no hay nada que hacer para salir adelante, y que lo mejor entonces es buscar vías de escape sin reparar en el costo humano que eso represente.

Hablamos de apego de Patria porque se trata de sentimientos fundamentales, que se abrigan y enraízan en la conciencia de los seres de carne y hueso, sin distingos de edades o de proveniencias. Son sentimientos en los que se mezclan efluvios diversos, principalmente de origen anímico maternal y paternal, que anidan en los fondos y en los trasfondos de nuestro ser. Y esa condición básica define nuestras reacciones y nuestras sensaciones. De ahí que el desgaste o la pérdida de tales sentimientos nos pongan en un deplorable estado de orfandad, que puede manifestarse de muchísimas maneras. Esto nos ha afectado de modo creciente en la medida que las condiciones de la vivencia, de la supervivencia y de la convivencia se han ido haciendo cada día más peligrosas e imprevisibles. Hoy nos encontramos en una especie de limbo existencial, en el que se respiran aires cada día más contaminados.

Si nos ponemos en verdadera condición de lograrlo, a la Patria la encontramos en todo lo que nos rodea, desde los detalles en apariencia más insignificantes hasta las expresiones que parecen más sofisticadas. Una planta de patio, un mueble de cuarto privado, una vestimenta usada y reusada, el color de una tarde serena, los destellos de un cielo lluvioso, el saludo recibido al azar en la calle, las colinas y los volcanes en fila, los atascamientos vehiculares, las ventas de pupusas en un conglomerado callejero, los libros añejos de una librería de barrio, los recuerdos de los cines de antaño, los mensajes recibidos y enviados por Twitter, las expectativas crecientes del cambio climático, las postales y las tarjetas de Navidad que ya no se estilan, las quebradas que continúan circulando subterráneamente por la ciudad modernizada... Todos esos son testimonios de Patria, y la enumeración es infinita. Infinita como las sensaciones que los envuelven.

Quizás por la sucesión agobiante de problemas que nos envuelven, los salvadoreños hemos ido dejando cada vez más de lado las opciones virtuosas de la pertenencia, como si el vibrante y diversificado mundo que nos rodea dentro de nuestra reducida cápsula nacional no tuviera la variedad de imanes que le caracterizan. Es fundamental, entonces, como requisito básico de vida plena y satisfactoria, ir al recuentro de nuestra intimidad nacional, en todos los sentidos y variantes del término. Dicho encuentro es en esencia un reencuentro cotidiano, en el que las memorias y los anhelos se conjugan sin cesar.

Animémonos, sin reservas de ninguna índole, a ser portadores y conductores de Patria, para que ésta vuelva a encariñarse con nosotros, sus hijos destinados. Si eso se da, nos lo agradeceremos para siempre. Ya verán.

Ilustración de Moris Aldana

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