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Los salvadoreños necesitamos reconocer la experiencia vivida para ir sacando de ella las enseñanzas que nos permitan evolucionar con sentido

Si bien vemos esta nueva realidad, somos beneficiarios indudables de ella. Y lo que toca en este momento es reconocernos en el escenario globalizado para poder trasladarnos al convivio global.
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Los salvadoreños necesitamos reconocer la experiencia vivida para ir sacando de ella las enseñanzas que nos permitan evolucionar con sentido

Los salvadoreños necesitamos reconocer la experiencia vivida para ir sacando de ella las enseñanzas que nos permitan evolucionar con sentido

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Si algo vital nos ha venido faltando en el país desde siempre es conciencia de lo que representa y significa eso que llamamos “experiencia vivida”. El tiempo nunca pasa en vano ni es un tránsito mecánico: el tiempo en clave humana es en realidad vida en movimiento, que cada quien va construyendo en forma personalizada, sea individuo o sea colectividad. Y cuando de colectividad se trata hay que darle al término todas sus dimensiones posibles, que van desde lo local hasta lo global. La conclusión obligada de todo lo anterior es que lo vivido se va volviendo materia de presente de manera sucesiva e inagotable, lo cual hace imperativo que estemos siempre atentos a lo que fue para poder reconocerlo en lo que es. Y esa tarea identificadora es la que nos permite ir entendiendo la vida en su profunda identidad: como experiencia y como vivencia.

Los salvadoreños de esta hora estamos sobrecargados de problemas estructurales y coyunturales por resolver, pero a la vez tenemos a la mano oportunidades históricas que en otros momentos hubieran sido inimaginables. Ponemos tres ejemplos de esto último: la GLOBALIZACIÓN, que nos ha abierto un espacio propio en el mapamundi de la actualidad, con todas las opciones de presente y de futuro que eso acarrea; la DEMOCRATIZACIÓN, que nos encamina por la ruta que siempre debimos seguir y que nunca antes se animó como posibilidad verdaderamente realizable porque los obstáculos que ponía el ejercicio distorsionado del poder eran prácticamente insalvables; y la PARTICIPACIÓN, que es hoy un dinamismo ciudadano que se mueve por sí mismo, con una creciente fuerza vitalizadora de todo el organismo nacional.

Ninguno de esos tres combustibles tan esenciales para definir la locomoción hacia el mañana surgió como por obra de magia: cada uno de ellos se gestó en el curso de la experiencia vivida. Durante todo el tiempo anterior, nuestro país estuvo recluido en una marginación que no daba señales de ser superable. Pertenecíamos a la remotidad de lo que se llamaba “campo de influencia”, es decir, el conjunto de satélites de un gran centro de poder, satélites que desde luego estaban repartidos en categorías: nosotros pertenecíamos al final de la línea. Pero aquel esquema se quebró, y emergió así el impulso globalizador, que trae múltiples reubicaciones. Si bien vemos esta nueva realidad, somos beneficiarios indudables de ella. Y lo que toca en este momento es reconocernos en el escenario globalizado para poder trasladarnos al convivio global.

La democracia no sólo es un régimen político y social sino que constituye, en su raíz, una educadora experiencia de vida. Aunque el quehacer democrático predominante y más visible sea el que se da en los planos de la política activa, no es factible vivir la democracia como tal si sus principios y valores esenciales –respeto, interacción, tolerancia, responsabilidad, visión, creatividad, entre los más determinantes– no están decididamente presentes y efectivamente actuantes en el diario vivir. Los salvadoreños hemos pagado muy caro el no haber hecho a tiempo el tránsito del rústico autoritarismo hacia la democracia en serio, y por eso nos urge vernos en nuestros espejos –los de ayer y los de hoy– para recolectar lecciones válidas y aplicarlas en lo debido. Cualquier retraso adicional sería masoquismo histórico injustificable.

Participar es abrir brecha y comprometerse con el avance. El pabellón de esta energía se aquerencia de inmediato en las manos de la juventud emergente, y resulta natural que sea así, porque si un sector de la sociedad ha estado tradicionalmente bajo el alero, sin presencia propia, es el de los jóvenes. Pero no sólo éstos se hallan en esa lid. Las mujeres también se abren paso, dando ejemplos reiterados de su brillantez participativa. Y la gente de los sectores económicamente más relegados va haciendo lo suyo, porque el talento revelador y la vitalidad creadora no se reparten en clases sociales ni en sectores jerarquizados. Así como la globalización lo posibilita en lo externo, al interior se empieza a ver toda una dinámica liberadora, y no en el manipulado sentido que caracteriza al enfoque ideológico, sino con el espíritu aperturista que es propio de la época.

Toda “experiencia vivida”, independientemente de su naturaleza y de su magnitud, viene a sumarse al manual de los métodos conductores y de las prácticas evolucionistas. La frase que podría graficar lo anterior es: aprender viviendo para vivir aprendiendo. En ese pequeño marco están las raíces y las fuentes de la cultura en todas sus expresiones. Porque, en definitiva, la autorrealización es eso: concluir cada día la tarea que corresponde, para que siempre haya tarea por emprender en el día que sigue.

Tags:

  • globalizacion
  • democracia
  • colectividad
  • vida

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