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Los salvadoreños no debemos caer en los espejismos políticos, sino, por el contrario, potenciar la sensatez

Cuando las opciones democráticas se desnaturalizan por efecto de los vicios y de los errores de quienes funcionan dentro de ellas, las tentaciones de apostarle a lo diferente, aunque no haya ninguna garantía de confiabilidad, ganan terreno...

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Uno de los fenómenos más visibles y peligrosos que se están dando hoy en todas partes, y desde luego con mucha frecuencia y notoriedad en nuestro ámbito hispanoamericano, es el que se refiere a los rebrotes de populismo, que vienen impulsados en gran medida por el desencanto y la frustración que derivan de las malas gestiones gubernamentales que proliferan por doquier. Cuando las opciones democráticas se desnaturalizan por efecto de los vicios y de los errores de quienes funcionan dentro de ellas, las tentaciones de apostarle a lo diferente, aunque no haya ninguna garantía de confiabilidad, ganan terreno y adquieren capacidad de imponerse utilizando los mecanismos legales como simples vías de acceso. Es lo que ha pasado en muchos países del entorno, y ejemplos dramáticos como los de Venezuela, Bolivia y Brasil lo demuestran de modo inobjetable.

En lo que a El Salvador se refiere, los errores políticos reiterados en el curso de nuestra experiencia democratizadora, y muy en especial desde 1992, han ido acumulando un conjunto de frustraciones que se ubican principalmente en el ánimo ciudadano. Las fuerzas políticas predominantes, así como las que las han acompañado respectivamente en las etapas en que han gobernado, no han hecho lo que les correspondía para acoplarse a las expectativas ciudadanas, de seguro por creer que eso nunca les pasaría factura; pero la evolución del proceso va demostrando lo contrario, y ahí se gestan grandes riesgos para la normalidad y la estabilidad del mismo.

En las condiciones presentes, la incertidumbre sobre lo que pueda resultar de las elecciones inminentes es lo que prevalece en la atmósfera nacional. Y ante ello, aunque ya el tiempo disponible sea tan escaso, las fuerzas partidarias que han estado presentes como actores decisivos en el escenario nacional tienen una responsabilidad que no admite excusas de aplazamiento: hacer todo lo que les corresponde para ganar confianza ciudadana. Es difícil que a estas alturas se pueda lograr un giro inmediato, y más difícil se hace aún que la ciudadanía pueda ganar confianza en que eso se está realizando de veras; sin embargo, si el empeño se impulsa de la manera correcta, algún resultado positivo se podría lograr.

Este es un momento en que lo que se impone para todos es activar la racionalidad frente a los diversos retos que están enfrente, sean coyunturales o estructurales. Ni la conflictividad irresponsable ni el descuido acostumbrado tienen ninguna posibilidad de hacerse valer, porque las circunstancias nacionales ya no lo permiten de ninguna manera. Hoy hay que ir a lo real, sin alternativas.

Y la ciudadanía también tiene que hacer ese ejercicio, para que su accionar y sus decisiones propias, como es la que tiene que manifestar en las urnas, sean concordantes con lo que la lógica democrática nos está demandando en las circunstancias que rigen el momento.

La sensatez debe ser la norma de todos los procederes actuales, y tendría que haber al respecto una especie de compromiso implícito para que nadie se pueda quedar fuera de tal responsabilidad. Es lo que los tiempos nos exigen.

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