Lo más visto

Los salvadoreños tenemos que aprender a convivir con nuestras diferencias dejando atrás las intenciones de eliminar al adversario

En la guerra se trata de aplastar al “enemigo”; en la democracia se trata de coexistir con el adversario.

Enlace copiado
Los salvadoreños tenemos que aprender a convivir con nuestras diferencias dejando atrás las intenciones de eliminar al adversario

Los salvadoreños tenemos que aprender a convivir con nuestras diferencias dejando atrás las intenciones de eliminar al adversario

Enlace copiado

Lo natural en cualquier sociedad, independientemente de la latitud y de la época de que se trate, es el pluralismo en sus más variadas manifestaciones. Es decir, no hay ninguna sociedad uniforme, porque todas son un vitral de figuras y de experiencias cambiantes, que se van sucediendo en el proceso evolutivo que nunca cesa. Al ser así, lo que la experiencia histórica enseña, por efecto espontáneo e inevitable, es que la pluralidad siempre está presente, y cualquier intento por eliminarla va condenado al fracaso, como fácilmente se advierte en los ensayos de uniformización artificiosa, como los que intentó el marxismo-leninismo en su momento. Esto ya debería ser un hecho irrebatible, porque la evidencia así lo constata.

Lo que se tendría que promover intensivamente y de manera sistemática es la verdadera naturaleza de la democracia, que es interactiva por excelencia. En el hacer democrático se trata de sumar, no de restar; y por eso todas las actitudes y proyecciones excluyentes están fuera de lugar. La democracia es un régimen que se constituye en sistema, y por ende tiene esencia dinámica. No es de extrañar entonces que todos los esquemas autoritarios y totalitarios sean antidemocráticos de raíz, aunque en los tiempos más recientes haya una clara tendencia a disfrazar democráticamente las tentaciones de absolutizar el poder, como vemos en esa mascarada que se ha dado en llamar Socialismo del Siglo XXI.

Y si la democracia viene a ser el único régimen de vida política y social que tiene capacidad de sustentar la estabilidad y de posibilitar el avance del progreso es porque tiene una correspondencia espontánea con el pluralismo al que nos referíamos al principio de este texto. El pluralismo bien administrado sustenta la democracia y la democracia bien vivida enriquece el pluralismo. Y al respecto hay dos términos claves que en ningún momento habría que perder de vista: disciplina y respeto. La disciplina hace posible que el pluralismo se mantenga dentro de los límites de lo manejable; y el respeto permite asegurar que la democracia vaya moviendo todas sus piezas en forma sensata y previsible.

El pluralismo es la base y la democracia es el método que posibilitan la convivencia pacífica y el desarrollo articulado. En nuestro país tenemos una muestra viva de lo que sucede cuando el pluralismo se deja a la buena de Dios y cuando la democracia se quiere dejar reducida a un juego de palabras sin proyección en la realidad. Cuando esto ocurre –y lo tenemos experimentado hasta la saciedad–, las tentaciones regresivas no se hacen esperar. Y esto es verificable en nuestro pequeño espacio nacional y también en las más amplias esferas globales. En todos esos ámbitos la disciplina y el respeto van brillando cada vez más por su ausencia, con lo cual las ansias de revivir políticamente lo que fue y ya no puede ser emergen como hidras incontrolables.

Las imágenes y los fantasmas de la preguerra y de la guerra nos acechan desde diversos rincones del presente; y como las dos fuerzas políticas que vienen estando a la cabeza del esquema partidario desde que se inició la posguerra nacieron en la atmósfera bélica, se vuelve más complicado cambiar los respectivos chips hacia el nuevo estado de cosas que impera en el sistema. En la guerra se trata de aplastar al “enemigo”; en la democracia se trata de coexistir con el adversario. Hay, pues, un componente anímico concordante con la evolución que es preciso poner en movimiento para que no haya colisiones artificiosas entre el pasado y el presente. Y esto está tan claro que sólo una miopía extrema podría servir de escudo para no verlo.

El que esto escribe es optimista por naturaleza, y por ello ve grandes posibilidades de que el proceso nacional encuentre su verdadero rumbo con criterios integrados; pero para que eso se dé hay que empujar voluntades en dirección a los espacios de la acción compartida, que es la que resulta del sano ejercicio de la lógica democrática. Si vamos en esa vía, el país podrá enrumbarse hacia el verdadero desarrollo.

Lee también

Comentarios