Los salvadoreños tenemos que aprender a entendernos en los temas que a todos nos incumben y nos importan

Nuestro país es un vivero en el que conviven las plantas benéficas y las plantas malignas. Esto sucede en todas partes, porque nuestra naturaleza como seres humanos está marcada por el juego de los contrastes; y al ser así lo normal sería que viniéramos al mundo con la vocación de manejar diferencias de una manera espontánea y consecuente. Pero lo que ocurre en el diario vivir, aquí y en todas partes, es justamente lo contrario: eso que, desde que el mundo es mundo, podríamos llamar la guerra de las diferencias, graficada con trágico simbolismo en la disputa a muerte entre Caín y Abel, paradójicamente los primeros hermanos que la tradición judeocristiana nos presenta.
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La historia universal está repleta de luchas implacables, que siempre han tenido en su trasfondo la tozuda resistencia humana a reconocer que las diferencias, de cualquier tipo y magnitud, son manejables por la razón y por la voluntad, siempre que éstas se pongan en juego interactivamente. A lo largo del tiempo, la cultura de la incomprensión, del rechazo y del odio ha venido ganando terrenos fértiles, que convierte en predios baldíos donde nada prospera, salvo su propia aridez. No es de extrañar entonces que se haya venido volviendo viral –con el poder invasor que tiene dicho término en nuestros días– la sensación de que los seres humanos estamos encadenados a un sino de fatalidad irremediable.

Debo reconocer que uno de los conceptos que me crean profunda alergia desde siempre es el concepto de “enemigo”. No es que no haya personas dispuestas a hacer el mal por impulso inmediato o por acumulación de factores malsanos, pero ante ellas hay que desplegar siempre estrategias de control que no sean la repetición agresiva de sus instintos perversos y de sus prácticas destructivas. En el fondo, los más malévolos terminan por manifestarse en lo que verdaderamente son: los más débiles e inseguros; y eso se puede constatar de muchas maneras, comenzando por su vulnerabilidad ante el miedo de perder la presunta fortaleza a la luz de cualquier peligro. Así se vuelven radicales y fanáticos en busca de escudos protectores.

Los salvadoreños hemos experimentado a lo largo del tiempo lo que significa la creciente incapacidad de resolver diferencias sin caer en la tentación de “eliminar al que está enfrente”. No fue casual que durante varias décadas estuviéramos dedicados a la absurda tarea de ir sentando las bases de una guerra en el terreno. Así se dibujó la preguerra y se activaron los factores para que el conflicto bélico estallara como tal. A Dios gracias, la guerra se disolvió sin cumplir su designio, y eso nos dejó una lección de entendimiento entre presuntos “enemigos” que tuvieron que volverse adversarios por obra de las circunstancias. Hoy, dadas las resistencias prevalecientes desde entonces, hay que preguntarse: ¿Lo entenderían de veras?

A estas alturas, lo mejor del proceso nacional en marcha es que ya no hay alternativas valederas y funcionales a ese entendimiento que nos enseñó la guerra y que no hemos querido reconocer y habilitar en la paz. Hay que descartar del todo, y en forma definitiva, la perturbadora imagen del “enemigo”, que no tiene alojamiento posible en la democracia. Hay que respetar las diferencias, que son parte natural de la convivencia; pero no hay que permitir que se conviertan en sujetos alternativos proclives a la neurosis paralizante. Y habría que subrayar en todo caso que el entendimiento es un arte de alto poder inspirador y reconstructor cuya práctica desata energías que de otra manera tenderían a disolverse sin pena ni gloria.

Pongamos, pues, en acción el arte del entendimiento, que en la vida social es el más fructífero que existe. No le tengamos tanto miedo a la sana armonía, que es la mejor fórmula del progreso en todos los sentidos. Y repetimos aquí una conclusión que nace de la misma naturaleza de las cosas en el vivir cotidiano: los que se entienden, asumen y obtienen los beneficios de una consistencia y de una fortaleza a las que en ningún caso podrían tener acceso aquellos que optan por la discordia permanente. Al menos los reacios tendrían que animarse a hacer la prueba para saber por propia experiencia si es o no es así.
 

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