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Los salvadoreños tenemos que ir reanimando nuestro espíritu nacional en la medida que la evolución se manifiesta en el ambiente

"¿Y qué es el ser nacional?" Traté de darle mi opinión al respecto, haciendo referencia a las raíces más profundas y a las ramas más altas de la conciencia propia. Me miró a los ojos como si le estuviera hablando en chino.

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David Escobar Galindo - Columnista de  LA PRENSA GRÁFICA

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En otras épocas de nuestra evolución no ha sido tan evidente como ahora la necesidad de darle sentido real en todas las áreas de nuestra vida en común al sentimiento de pertenencia, que las condiciones que prevalecen en esta precisa coyuntura hacen más indispensable que nunca pero a la vez lo ponen en entredicho constante, porque para los salvadoreños del presente el ansia de escapar de las angustias y de los peligros que se multiplican en el día a día se ha vuelto la aspiración primordial y la necesidad más imperiosa. Emocionalmente, pues, lo que estamos viviendo en este ambiente tan congestionado de apremios y de ansiedades es cada vez más insoportable, y así lo vivenciamos de las más diversas maneras, aunque en el centro quede siempre, como un corsé opresor, la asfixiante sensación de que no hay salidas disponibles. Así las cosas, lo que se impone es irle buscando rutas de escape a la situación actual.

Lo primero sería ir al encuentro del espíritu nacional, que queda cada vez más atrapado por las circunstancias adversas que se vienen imponiendo desde hace tanto tiempo. En estos días, aun hacer referencia al espíritu nacional fácilmente se vuelve motivo de rechazo o de burla, y eso es consecuencia de que se han venido desdibujando y perdiendo los vínculos emocionales con el ambiente, lo cual arranca de lo que se vive en la familia y en la escuela. La desintegración familiar es un hecho de gran impulso expansivo, que se mueve al mismo ritmo que el empeoramiento de las condiciones de vida. Y eso afecta todo lo que se pueda vivir después, en todos los ámbitos del desenvolvimiento social.

Sobre todo para los más jóvenes, sentirse pertenecientes al ser nacional es algo cada vez difuso e indefinible. Hace unos días, al hablar de estos temas con un joven recién salido de la adolescencia me hizo una pregunta directa: "¿Y qué es el ser nacional?" Traté de darle mi opinión al respecto, haciendo referencia a las raíces más profundas y a las ramas más altas de la conciencia propia. Me miró a los ojos como si le estuviera hablando en chino. Y entonces me reafirmé en la impresión de que el desajuste más grave que estamos viviendo los salvadoreños de esta época es el que se refiere a estar constantemente desconectados de nuestro sentimiento de pertenencia, que constituye en todo tiempo y lugar el ancla más efectiva para sentirse parte de una comunidad de destino. En forma paradójica, los que más unidos se hallan a nuestra suerte nacional son los salvadoreños que escapan en busca de mayores y mejores oportunidades de autorrealización. Es como si ese destino que aquí se les escabulle a cada paso estuviera esperándolos en las lejanías donde van a buscar otro destino.

Puestos en este plano de contradicciones y de reencuentros, que son efecto del fenómeno multifacético en el que estamos inmersos, se hace imperativo, cada día con más apremio personal y colectivo, entrar en contacto con las decisiones que podrían clarificarnos el presente y redimensionarnos el futuro. Las decisiones políticas sobresalen de manera avasallante. Ahora, para el caso, hay que decidir quiénes conducirán el proceso nacional en los años por venir, y esa no es una decisión simplemente electoral, sino que debe ser asumida con responsabilidad histórica. Es entonces el espíritu nacional el que tiene que hacerse oír por encima de las frases estereotipadas que suelta la propaganda y con un propósito mucho más determinante que el que brota de las ansias de poder que nunca dejan de hacerse sentir. El momento, pues, tiene todas las características de un punto de arranque, que debe ser asumido sin reservas ni evasivas, porque así lo determina la lógica de nuestro dinamismo evolutivo. Y por eso insistimos en colocar al espíritu nacional en la máxima posición protagónica de todo este juego de factores que confluyen en la hora presente.

Pero desde luego no hay que agotar la atención en el área política: la realidad del país es un conglomerado de factores, cada uno con su propia incidencia en el desenvolvimiento del todo. Factores sociales, económicos, culturales y emocionales están en juego a cada instante; y si no hay un espíritu conductor, lo que impera es el desorden paralizante. Lo hemos padecido, y en muchas formas seguimos padeciéndolo. El giro superador ya no admite demora.

El destino nacional no es ni podría ser una contingencia mecánica. Es una vivencia humana que está en manos de todos, sin excepción posible. Comprometernos sin reservas con el buen desempeño de esa vivencia fundamental es lo que la vida nos ha puesto como misión.

Ilustración de Moris Aldana

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