Los siempre virtuosos

Si hay algo que caracteriza a los funcionarios públicos de El Salvador es su virtud. Su “virtud para el ahorro” como explicación al aumento en su patrimonio o su virtud por la transparencia en el manejo de fondos públicos. Los gastos en seguros médicos privados demuestran su virtud por cuidar de su salud y apariencia personal. Un trabajo tan desgastante como la función pública es merecedor de evadir el sistema de salud pública o del Seguro Social.
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También demuestran una gran virtud de emprendimiento, ya que realizar la compraventa de una serie de inmuebles escapa de la capacidad de cualquier ciudadano común y corriente. Tampoco necesitan grandes currículos, son tan capaces para un puesto que en una página se resume su experiencia profesional. Son muy solidarios con sus familiares y amigos cercanos, tienen toda la potestad para utilizar los recursos del Estado en beneficio propio y prestar camionetas para viajes al extranjero.

Los siempre virtuosos y los que nunca se equivocan. Nuestros funcionarios públicos son infalibles y aunque existen pruebas de haber cometido un delito, estos siempre tienen la razón. Nada se les puede rebatir y es mejor no hacerlos enojar.

La honestidad es otro valor que los caracteriza. Son muy honestos y no tienen ninguna vergüenza de decir en público que recibieron sobresueldos. Son muy sociables, tienen una facilidad para entablar relaciones con grupos delictivos y al margen de la ley. Una característica sumamente importante ya que están en su cargo para representar los intereses de quienes los eligen.

Expertos en la logística y organización de eventos con bebidas sofisticadas y comida de buena calidad. Por supuesto que nunca pueden faltar los mariachis para hacer más ameno el rato. Les preocupa su nutrición y comer muy saludable: la papaya tiene más vitamina C que una naranja, contenido escaso en grasas y es un buen diurético.

Y como propio de una realidad distópica, El Salvador permanece inmutable, con sus muertos del día a día, las trabazones de una hora, una economía que no despega, servicios públicos ineficaces, una educación que no prepara para el futuro, etc. Lo cierto es que no nos merecemos los gobernantes que tenemos y tampoco el país en el que ahora vivimos.

Merecemos un país digno para poder desarrollarnos como individuos y podamos trabajar en conjunto. Un país liderado por los más capaces y sin la lógica de que “es tonto aquel que no se compone cuando puede”. Un país por el que sintamos orgullo y no deseemos irnos porque ya perdimos la esperanza.

Sobre todo necesitamos una ciudadanía que se involucre más, que exija, denuncie y proponga soluciones. Si solo nos dedicamos a asistir a las urnas, no estamos generando un verdadero cambio. Si queremos un país distinto, necesitamos luchar por conseguirlo. Con cierta ilusión y citando a un poeta argentino: “Saldremos como salen todos los pueblos cuando les llega su hora. No me creas demasiado optimista; conozco a mi país (…) Pero hay signos, hay signos”.
 

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