Los signos de los tiempos se hacen sentir con creciente vigor

En estos días, por ejemplo, se ha conocido una decisión que ha conmovido al mundo religioso: la renuncia de Benedicto XVI a su condición de Papa.
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Todos los tiempos tienen sus signos, pero hay momentos históricos en que los signos de los tiempos asumen elocuencia superior. Este es, sin duda, uno de esos momentos, y múltiples señales nos lo vienen evidenciando de manera audaz. Aunque para muchos pueda ser una simple coincidencia anecdótica sin mayores efectos reales, no deja de llamar la atención que estemos en aura de presagio, por estímulos como las impresionantes anticipaciones mayas y la profecía de San Malaquías, a la que nos referimos hace poco en esta columna. Desde luego, es preciso y sano desdramatizar lo que ocurre actualmente en la atmósfera global. Y tal desdramatización tiene que comenzar por el reconocimiento de que la globalización es un resultado histórico natural luego de todo lo que el mundo ha vivido en especial durante la segunda mitad del pasado siglo.

El primero de esos signos es una especie de vacío generalizado. Todas las concepciones filosóficas y políticas que parecían haber llegado para quedarse se hallan en entredicho, lo cual genera un escenario en el que lo único cierto es que hay que repensarlo prácticamente todo. Esto genera una mezcla de alta intensidad desafiante: el miedo y la esperanza. Y el hecho patente de que las tecnologías de la comunicación se hallen en vertiginoso desarrollo viene a poner las cosas en una plataforma desconocida hasta la fecha: el de la interacción global, ya no diplomática, sino ciudadana. Las viejas estructuras internacionales están en crisis, y muchas de ellas tienen ya condición fantasmal. Los poderes tradicionales sufren orfandad creciente. No se sabe cómo habrá de ejercerse el poder de aquí en adelante, ni quiénes serán los que harán al respecto la labor principal.

Esto se junta a la generalizada mediocridad de los liderazgos actuales en el mundo. Es como si hubiera una crisis global de personalidad conductora. Y no sólo nos referimos a los liderazgos políticos, que son los que más figuran. La crisis que viene rodando desde hace ya algunos años, detonada en centros vitales del poder tradicional, como son Europa y Estados Unidos, funciona como vitrina reveladora al respecto. Cuando se reúne el G-8, cuando se reúne el G-20, cuando los líderes europeos se juntan para discutir los problemas de la eurozona, lo que se oye es un parloteo confuso y muy poco más. Y eso representa, sin duda, la simbología descolorida de las respuestas que se les están dando a los clamores de los tiempos. El liderazgo tiene que reciclarse, como concepto y como función. Pero hasta el momento aún no se ven las señales de tal renuevo.

Pasan cosas que ya parecía que nunca pasarían. En estos días, por ejemplo, se ha conocido una decisión que ha conmovido al mundo religioso: la renuncia de Benedicto XVI a su condición de Papa. En seis siglos no se había dado en la Iglesia un acto de tal naturaleza. ¿Por qué renuncia el Papa? Las respuestas pueden ser muy variadas. Pero en el centro está esa especie de retorno a la libertad de decisión personal, que es tan característica de las aspiraciones de esta época. En la profecía de San Malaquías, Benedicto XVI tiene por lema “De la Gloria del Olivo”. El olivo es símbolo de paz. Y el lema calza perfectamente con lo que el Papa ha decidido: dedicarse al cultivo de su propia paz, en la meditación y en la oración. Aquí hay otra señal de la reavivación existencial y ciudadana que fluye de tan distintas maneras en todas partes.

La crisis en sí es otro signo de los tiempos. Y, en las condiciones que corren, debe ser vista y encajada como un marco de oportunidades transfiguradoras. Hoy, más que nunca, tiene vigencia el pensamiento del filósofo presocrático Heráclito de Éfeso: “Panta rei”, Todo fluye. Y ese flujo es la cadena armoniosa de las contradicciones. Lo que pensó sintéticamente Heráclito seis siglos antes de Cristo parece pensado para este momento. No puede ser coincidencia. Como dice mi amigo mexicano Lorenzo Servitje Montull, en la vida hay muy pocas coincidencias y muchas Dioscidencias. Las crisis que venimos de vivir en el pasado se daban al margen del poder, que parecía siempre intocable; ahora, son crisis del poder, tan vulnerable como todo. Y entenderlo así es básico para utilizar la crisis como lo que es: una invitación urgente al cambio real y global.

Podríamos seguir enunciando fenómenos que nos ubican en esta novedosa tarima histórica, en la que por primera vez desde que hay memoria estamos presentes y somos visibles todos los ciudadanos del mundo, independientemente de latitudes, de culturas y de poderíos. Dicha tarima es, sin duda, otro de los signos de los tiempos. ¿Y ahora qué viene?, tendríamos que preguntarnos en clave de conciencia y de compromiso. Pues viene lo que nos animemos a hacer que venga. Es decir, el futuro está ahí mismo en la puerta, atento y esperando.

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  • San Malaquias
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