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Los tiempos presentes deben ser manejados como lo que son, con visión hacia adelante en todos los sentidos

El caso de la ruptura de relaciones con Taiwán y de la apertura de relaciones con China es una muestra de cómo cuando las cosas no se hacen en la forma clara y abierta en que siempre hay que hacerlas lo que se genera es un ambiente de desconfianza y de reservas sobre las decisiones tomadas.

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Aunque los graves y múltiples problemas que nos aquejan y nos amenazan no cesen de ejercer su función intimidatoria y depredadora, lo que aconseja el buen juicio histórico es no dejarse vencer por esos chantajes de la realidad y, por el contrario, mantener activo de modo incansable el objetivo de salir adelante en toda circunstancia, teniendo como mira principal el progreso del país y de toda su gente. Esta es una época en que a un país como el nuestro, que por tanto tiempo vivió relegado a una marginalidad que no parecía tener ninguna vía de escape, se le están abriendo posibilidades de progreso en un mundo que no deja a nadie de antemano fuera del juego de las nuevas realidades; son entonces los países en concreto los que deben optar por la participación o por la marginación.

Los liderazgos nacionales no han tomado suficiente conciencia de lo que los tiempos nos ofrecen hoy como oportunidades de superación integral, y por eso seguimos encerrados en los círculos de la inercia. Tal condición limitante y frustrante debemos superarla lo más pronto posible, porque el desgaste social y político que deriva de seguir en las mismas tiende, como es natural, a convertirse en un deterioro cada día más insoportable. Y es ese deterioro el que la población más resiente, porque es quien más lo sufre por la irresponsabilidad y el descuido de quienes más obligados están a evitarlo.

Y para manejar bien los tiempos justamente tienen que prevalecer la responsabilidad y el orden en toda clase de decisiones y acciones. El caso de la ruptura de relaciones con Taiwán y de la apertura de relaciones con China es una muestra de cómo cuando las cosas no se hacen en la forma clara y abierta en que siempre hay que hacerlas lo que se genera es un ambiente de desconfianza y de reservas sobre las decisiones tomadas, dificultando que éstas puedan desplegar sus potenciales efectos positivos y privilegiando así la negatividad.

No podemos dejar de lado el hecho cierto de que un país como el nuestro está crecientemente expuesto a riesgos de inestabilidad que se presentan en las más diversas áreas. Y dada tal vulnerabilidad proveniente de nuestras propias condiciones estructurales, lo que se impone como labor preventiva es que todos los esfuerzos para asegurar estabilidad y desarrollo vayan sustentados en el más amplio consenso posible.

Tenemos que aprender a coordinarnos de manera interactiva, para así permitir que el país en su conjunto gane dinamismo y construya armonía. Estas no son aspiraciones ideales sino requisitos de viabilidad en el tiempo y en el terreno. No es cuestión de líneas ideológicas ni de posicionamientos atrincherados: lo que la situación nacional nos exige es sensatez estratégica unida al análisis desapasionado de lo que ha pasado y de lo que pasa. Esto no es nada excepcional, sino la simple aceptación de la realidad en movimiento.

Pese a todas las adversidades, nunca hemos perdido la confianza en nuestro proceso, y hacer que dicha confianza se consolide y se generalice es un propósito que en ninguna circunstancia hay que abandonar.

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