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Los valores patrióticos tienen que estar en la base de todo esfuerzo constructivo de nación

El Salvador es un ser vivo, del cual todos formamos parte. Tiene imperfecciones y carencias, algunas de ellas muy erosionantes; pero por eso mismo hay que mover voluntades en la línea de la consolidación de un progreso que arranque de las raíces más profundas de la salvadoreñidad.
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Hoy, 5 de noviembre, es una fecha altamente significativa en nuestro calendario cívico. Se conmemora aquel 5 de noviembre de 1811 en el que se produjo en San Salvador el primer movimiento conducente a la Independencia centroamericana. Según la tradición, desde el campanario de la Iglesia de la Merced el Padre José Matías Delgado hizo sonar las campanas aquella mañana de principios de noviembre para proclamar el ideal independentista, entre las mil adversidades que imperaban en el ambiente cada vez más asfixiante que provocaba el régimen colonial. Es de destacar, en primer término, que fue en nuestro país donde se inició el camino de la Independencia, lo cual pone de manifiesto el espíritu históricamente libertario de nuestro pueblo.

El insigne historiador y jurisconsulto don Manuel Castro Ramírez escribió lo siguiente en referencia a esta fecha en su texto “El Campanario de la Iglesia de la Merced”: “Bolívar agitaba sus alas de cóndor en el Sur; y el ínclito cura de Dolores había rasgado el espeso velo en el vecino México. Y aquí, el Padre Delgado, alma gemela de Hidalgo, toma el puesto de avanzada: da el primer grito de redención, y asido a la campana de este templo, que para algo estaba consagrado a Nuestra Señora de La Merced —redentora de cautivos—, llamó al pueblo salvadoreño a la lucha por la Independencia, en sublime arranque de abnegación y fe”.

Desafortunadamente, lo que hemos visto en el país en los decenios más recientes, y en especial desde los años 60 del pasado siglo, es una desactivación progresiva del sentimiento patriótico en el ambiente. Antes, fechas como el 5 de noviembre eran momentos para intensa recordación; hoy, esas fechas pasan prácticamente inadvertidas. Y este es un signo que pone en evidencia el deterioro del sentido de pertenencia y, en consecuencia, de la autoestima nacional, que es ahora mismo una especie de planta exótica que se desconoce cada vez más en nuestro suelo. No se trata, desde luego, de idealizar el pasado; pero tampoco se trata de sepultarlo en la indiferencia. Tenemos que valorar lo que somos, reconociendo lo que la Patria significa en función sustentadora y unificadora, para poder tener solidez comunitaria en todo sentido.

Los diversos desajustes familiares que sufrimos desde hace tiempos contribuyen sin duda a este desarraigo que tanto daño genera, en lo personal y en lo colectivo. La educación imperante tampoco ayuda en nada a estimular la práctica de los valores patrióticos. Y en los distintos ámbitos sociales no existen impulsos que muevan a darle valor al sentido de pertenencia. Por el contrario, lo que ha venido creciendo es una tendencia a la negación de lo propio, lo cual genera una sensación de orfandad histórica verdaderamente destructiva. Se tiene que tomar la debida conciencia de ello, estimular mecanismos reconstructivos de lo que antes se llamaba el alma nacional y que hoy ni siquiera se menciona.

El Salvador es un ser vivo, del cual todos formamos parte. Tiene imperfecciones y carencias, algunas de ellas muy erosionantes; pero por eso mismo hay que mover voluntades en la línea de la consolidación de un progreso que arranque de las raíces más profundas de la salvadoreñidad. Ese es el patriotismo en acción, que puede hacernos mejores a todos en todo sentido. El símbolo de este día, 5 de noviembre, debe motivarnos al reencuentro con nuestra propia identidad, no para cuestionarla sino para potenciarla como debe ser.

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