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Los variados rostros de la cultura

<p>Museo de Arte Moderno, Múnich. Un crítico escruta un óleo de Bacon sin disimular “disgusto” ante “una grotesca pero colorida muestra de sadismo”... Disfruta disentir de otros expertos. En Multiplaza, San Salvador, la gente se apiña frente al desfile de modas de una boutique. Escenarios diferentes, pero todos comentan y nadie es indiferente al goce estético que siente o deja de sentir.</p>
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<p>Disfrutan, evitan el aburrimiento, practican escapismo emocional. El tiempo transcurre y dirán: “¡Qué bien la hemos pasado!” El crítico cenará baguette de salmón y té de Assam. Los asistentes al desfile despacharán hamburguesas y gaseosas. Todo es cultura, expectativas, aspiraciones y conductas. La aprendimos durante los años plásticos de la infancia y aprueba o condena manifestaciones según las llamadas buenas costumbres. Así, llorar en las bodas es visto con simpatía, pero si alguien lanza una carcajada será reprendido (a menos que su líder espiritual lo haga primero). En Suabia quiebran platos al casarse, algo que sería excéntrico en Centroamérica. Aparte geografía o grupos étnicos, dichas costumbres, cuya observancia discrimina entre cultos e incultos, son dictadas por algo que la conciencia colectiva respeta: la tradición.</p><p> Las cosas siempre se han hecho de cierta manera, algo enquistado en la psique en una época prelógica: el niño obedece sin razonar, no pregunta por qué hasta alcanzar cierta edad y, llegado ese momento, la respuesta a menudo es poco ilustrativa: “porque sí”, “porque no”, “siempre ha sido así”.</p><p>La tradición, forma visible del patrón cultural, está basada en valores (prejuicios más o menos sagrados) y es dictada por los mayores, que se suponen más sabios y competentes; se hereda igual que se legan los genes, es vinculante, básica para la cohesión y supervivencia de familia, sociedad y nación, aun si está reñida con una visión científica del mundo. Patrón y tradición facilitan el accionar individual porque simplifican la tarea de definir correcto, e incorrecto.</p><p>Desobedecer lleva a censura y a su vez, miedo y culpa, motores de obediencia y sumisión a la autoridad.</p><p>Es fácil caer en la tentación de juzgar y comparar patrones culturales, propios y ajenos. Algunos desprecian su herencia de ensueño, legada por nuestros antepasados mesoamericanos y claman por transculturación a buenas o malas. Otros añoran un bucólico retorno a los orígenes precolombinos. Al comparar irrespetamos valores subyacentes a rituales y comportamientos de nuestros hermanos, de modo trivial –sonrisa desdeñosa– hasta trágico, como lo recuerdan los campos de exterminio. Pensemos en los europeos, en la antigüedad de sus instituciones, su tecnología, riqueza, talento artístico... En contraste, los indígenas amazónicos yanomame subsisten en primitivo pero armónico modo con el ecosistema. Desconocen la rueda, su arte utilitario carece de pretensiones, su sistema numérico tiene tres cifras: “uno”, “dos” y “más de dos”. Practican la endogamia (como las casas reales europeas) y comercian con indígenas vecinos con más eficiencia que la Comunidad Económica. Su frugalidad, sencillez y solidaridad destacan frente a la glotonería, complejidad y competitividad de sus congéneres civilizados. ¿Deberíamos menospreciar o exaltar a los yanomame? Ni una cosa ni otra, no invocamos el mito del “buen salvaje”: abogamos por tolerancia y respeto, aunque se nos distinga por pertenecer a distintas etnias, por estar o no influidos por diferentes credos o corrientes de cultura o contracultura.</p><p>Amantes del arte clásico o diletantes del pop, busquemos un nicho en donde morar sin sentirnos rebajados o enaltecidos. Esta es la mejor manera de ser cultos en la aldea global, más allá de las diferencias, admirando arte en un museo o frente a la pasarela, en un centro comercial.</p><p>&nbsp;</p>

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