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Luchemos contra el miedo

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Por Nohel M. Reyes Coautor de “El país que viene”

Las actuales sociedades líquido-modernas, compuestas en su mayoría por consumidores y permeadas por la globalización en sus diversos niveles –económico, cultural, político y social– han dejado de encontrar un resguardo seguro. Esto debido a la falta de información que tenemos sobre las amenazas y las formas para confrontarlas –si pueden ser confrontadas–, creando una estructura mental más o menos estable que articula nuestra rutina alrededor del sentimiento de ser susceptible al peligro.

Este miedo derivado como lo llama Bauman, o conocido más frecuentemente como la sensación de inseguridad no significa siempre un peligro real, pero sí deriva de él. Tampoco tenemos que equivocarnos al pensar que es una característica de los estratos socioeconómicos menos favorecidos, porque, si bien se puede manifestar como una amenaza directa al cuerpo o al patrimonio, también puede tomar la forma de la amenaza a una posición de jerarquía social, identidad –de género, étnica o religiosa– o hasta el mismo statu quo.

Lo que genera una sensación de impotencia frente a la normalización de un sistema que tiene como regla la eliminación rutinaria de sus miembros. No por ser malos o ir en contra de sus reglas, sino simplemente por ser menos habilidosos en el arte de no ser descartados, o como es en nuestro caso, asesinados.

Dentro de este contexto, la población busca –de forma inconsciente– ser blanco de manipulación al exigir soluciones cortoplacistas, y cuando se tiene como insumo el miedo, los políticos profesionales pueden dejar de preocuparse de los macropeligros sociales –como la falta de salud, educación y equidad–, para enfocarse en la expresión extrema y física del miedo.

En otras palabras, enfocarse en el mal, el agente externo sobre el cual recae la culpa de la decadencia, resentimiento y desprecio de la sociedad, que en el caso de El Salvador son las pandillas.

En varios países de América Latina con problemas de seguridad pública y ciudadana, durante los últimos años, esta herramienta para capitalizar políticamente el miedo se le ha denominado populismo punitivo.

Teniendo como base la anuencia de escuchar un mínimo de parámetros técnicos, la búsqueda de soluciones simplistas y cortoplacistas, dejándose llevar por sentimiento de venganza y la falta de voluntad de generar sistemas de información confiables, para la generación de análisis y posteriores propuestas abiertas a discusión pública.

El resultado de la aplicación del populismo punitivo son prácticas e iniciativas que, si bien tienen como principal propósito recudir la criminalidad –por lo menos en el discurso–, no están necesariamente orientadas a impactar en los factores estructurales de la violencia, sino más bien intentan aproximarse al problema para dar una respuesta que tengan viabilidad político-electoral.

En este contexto, nuestra responsabilidad como ciudadanos es luchar contra nuestro miedo derivado para no permitir que sean los sentimientos irracionales, por muy justificados que estén, quienes tomen las decisiones al momento de estructurar nuestras demandas ciudadanas.

Es sencillo exigir, y más en el actual periodo electoral, demandas estructurales y de alta calidad a los candidatos a cargos de elección popular, pero tenemos que identificar el desafío al cual nos afrontamos. En la medida en que propuestas integrales y estructurales no sean de interés para la mayoría de la población, nos quedaremos condenados a medidas técnicamente ineficientes, pero electoralmente viables para los siguientes años.

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