Macondo, un pueblo novelesco

En el fantástico pueblo novelesco de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura de 1982, los primeros protagonistas de la obra desisten de encontrar una salida al mar, después de veintiséis meses de intentarlo, deciden fundar Macondo y no emprender el camino de regreso.
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Cien años de soledad. Quizá por el título, o por semejanzas específicas de Macondo con El Salvador o porque el contenido del libro “es también una visión de Latinoamérica y una parábola de la historia humana” es que, por mi particular imaginación, a veces exagerada, he llegado a asociar pasajes de esta historia con algunas particularidades de El Salvador.

Los últimos cien años equivalen al período 1914-2014 en la historia del país, con un progreso aparente de infraestructura de muchos gobiernos y en particular uno que se asemejó a una tiranía. Sin embargo, básicamente no pasó de ser un cúmulo de años con un desarrollo cultural incipiente y una regateada democracia, con una oferta productiva-exportadora raquítica de pocos productos, con volumen y valor importantes, que condicionan una economía extremadamente dependiente, que perfectamente se puede describir y resumir en toda una centuria en términos de la extrema dependencia de un producto de exportación, remesas familiares y el valor del petróleo

Un país que superó la ranchería en vista de que los antepasados lo transformaron, con trabajo y buenas costumbres, en uno de los mejores pueblos de la provincia y posteriormente en uno de los más productivos y pujantes de la región. En Macondo fue una familia, los Buendía. En El Salvador las históricas 14 familias (algunas ya poco se mencionan) y el surgimiento de otra especie: “los nuevos ricos”, con una fuente de ingreso variada, que no es conveniente detallar.

País, al igual que el de la novela, visitado por muchos negociantes, artistas y pocos inversionistas. Un territorio en el cual la supervivencia es sinónimo de productividad y muchas veces ridiculizada por cachería del guanaco. En el cual la creatividad no siempre se identifica con la innovación, sino con habilidad para engañar y más recientemente con lavado y corrupción.

Macondo, un pueblo fundado en el trascurso de una aventura, llega a su final en un pavoroso remolino de polvo y escombros como “una ciudad de espejismos, arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres como algo irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

El Salvador no es un pueblo novelesco, por el contrario, es un país real, otrora pujante y productivo, que atraviesa un período de crisis integral, cíclica con visión optimista y simplemente producto de las calamidades y tribulaciones humanas, pero rescatable por una nueva generación que retome la estafeta de una ambición humana natural de afán de progreso.

El 2015 es un año que en su primer trimestre apenas acumulará un breve período político, que no diferirá de esos tiempos desperdiciados de discursos y promesas vanas, a los que nos tienen acostumbrados los que aspiran al poder. Periodo que marginalmente se suma a los cien años de égida castrense, alternancia de partidos políticos, ilusiones democráticas y la ausencia de una visión país.

Sin embargo, este país no fenecerá, ni poseerá un sinónimo de epitafio, como la novela de García Márquez. Las futuras generaciones encontrarán, con fe y la voluntad del Creador, el renacer, a pesar de la violencia y las campañas politiqueras. Será productivo, competitivo y alcanzará la estabilidad social tan anhelada.

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