Malabares en la vida

El campanario está en silencio y no se atreve a repicar que el día ha comenzado, pero sí los colores de un amanecer que le pintan a San José Villanueva, un pueblo agricultor de La Libertad, la esperanza de un día mejor. “Ringo”, un fiel perro de raza popular, salta sobre su dueño, Donald Tolentino, para despertarlo y que no se pierda ni un segundo del día.
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Tolentino es un joven que nació en este pueblo, en la casa donde su familia ha vivido más de cien años y donde una partera le recibió al nacer. Los dormitorios, el comedor y la sala se vuelven un solo espacio que comparten su mamá, papá, dos hermanos y su centenaria bisabuela.

Villanueva es un poblado de unos 13 mil habitantes, con poco desarrollo, una relativa calma y su gente trata de resolver el día a día entre siembras, trabajos temporales y la rebusca fuera del pueblo. Entre estos últimos está Tolentino, trabaja en una de las modernas maquilas electrónicas, los “call center”, gana poco y lleva tres años allí.

Hasta aquí nada hay de extraordinario en este joven, pues ese es el guion en la vida de miles como él que son vistos como malabaristas de sueños frustrados y temporales rebeldes que se quedarán con la revolución en sus mentes.

Tolentino cambia la agenda y se vuelve un malabarista de la vida con un balón de fútbol, y marca la cancha para jugarle limpio a la adversidad con la que se levanta todas las mañanas.

La tarde transforma a Tolentino, ahora no tiene audífonos, no contesta llamadas y el aire acondicionado ha sido sustituido por un inclemente sol que sin misericordia quema su rostro, suda su frente y calienta sus piernas que sostienen en permanente movimiento un balón de fútbol. Es Freestyle, un deporte que consiste hacer técnicas increíbles con una pelota usando pies, manos, cuerpo y cabeza sin que esta toque el suelo.

El joven se despoja de toda vergüenza, en calzoneta y camiseta comienza una rutina que dura el cambio del semáforo de rojo a verde, tiempo suficiente para dar un espectáculo y recoger unas monedas de los automovilistas que se relajan y aprecian su arte. Monedas que servirán para algunos pagos de la casa y de paso ahorrar para matricularse en la Universidad, el malabar más importante que quiere ejecutar. Su fe es inquebrantable.

Donald –dice su madre– se salvó de morir de “mal de ojo”, ha prestado tacos para entrenar, a veces entrena descalzo y le ha arruinado un par de zapatos a su hermano. Le ha sido difícil aprender el malabarismo con el balón. Pero también le ha dado satisfacciones. “A puro semáforo me compré una laptop”, me confesará más tarde en una entrevista.

La tarde ha caído y ahora el campanario anuncia que el día terminó. Pero no para Tolentino y los pobladores de San José Villanueva que se aprestan a dormir y a soñar, como miles en El Salvador.

Aunque por hoy solo sean malabaristas de la fe, pues así es la vida, un reto diario para que el balón no caiga, y siga moviéndose como los sueños que se alimenta de pequeños actos y grandes decisiones. Porque solo se trata de creer que para Dios no hay imposibles, sino malabares y actitudes extraordinarias que nos hacen artistas del triunfo determinado por el Señor.

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