Mañana se cumplen 30 años de la firma del Acuerdo de Paz, y desde esta perspectiva hay que revivir tal acontecimiento

Al dar el salto perceptivo desde 2022 hasta 1992 lo que se hace visible de inmediato es la nueva identidad de El Salvador como miembro perfectamente ubicable del nuevo orden mundial, lo cual en verdad nadie hubiera imaginado en el tiempo anterior.

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Aquella mañana del jueves 16 de enero de 1992 tuvo lugar en el Castillo de Chapultepec de la capital de México la firma del Acuerdo de Paz que le daría conclusión formal al conflicto bélico interno en nuestro país luego de 12 años de lucha armada que se instaló en el terreno en 1980. Tres décadas después, es patriótica y prácticamente necesario no sólo recordar esa hora estelar de nuestra historia patria sino pensar en perspectiva doble –hacia atrás y hacia adelante– sobre lo que ocurrió como expresión de la dinámica evolutiva del país. Tuve el inmenso e insospechado privilegio de ser parte de la Comisión gubernamental negociadora del fin de la guerra, y en tal condición conocí la situación en que se hallaban las dos fuerzas conductoras del conflicto, ante la evidente imposibilidad de llegar a una solución militar del mismo.

Allá hace 30 años, si bien se abrió un horizonte que no tenía precedentes ni en nuestro país ni en ningún otro país de nuestro entorno, las voluntades del liderazgo nacional se quedaron impávidas, como si la mera firma de la Paz fuera suficiente para que El Salvador entrara en otra época. Desde luego no fue ni podía ser así. Las voluntades políticas se mantuvieron en su vieja inercia, y en eso asomó la globalización en la que, para sorpresa de todos, estábamos inmersos como un sujeto más con presencia en el mapamundi. ¿Qué faltaba, entonces, para que despuntara de veras el cambio? El papel de la ciudadanía. Y eso, aunque tomó al país por sorpresa, era en verdad lo más esperable y, sobre todo, lo más deseable.

Hoy estamos en eso, y lo más importante es que no es obra de nadie con nombre y apellido, sino expresión del dinamismo histórico que nos lleva de la mano, como si fuera un guardián fiel. Al dar el salto perceptivo desde 2022 hasta 1992 lo que se hace visible de inmediato es la nueva identidad de El Salvador como miembro perfectamente ubicable del nuevo orden mundial, lo cual en verdad nadie hubiera imaginado en el tiempo anterior. En otras palabras, el Acuerdo de Paz no sólo concluyó el choque de las armas sino que también, en forma decisiva, abrió las posibilidades de una plena democratización, que es lo que aún está en pañales.

Acontecimientos tan relevantes en nuestra historia como la guerra militar sobre el terreno y la paz que clausuró no sólo aquel capítulo armado sino, más al fondo, toda una época que parecía adversaria del futuro, van dejando enseñanzas que deben servirnos de herramientas para asegurar una mejor vida de aquí en adelante. Y esto implica hacer lo necesario para que quede atrás todo negativismo tanto anímico como social, y se pueda ir en la ruta del progreso en sus diversas dimensiones. Y lo anterior nos toca hacerlo en un momento global sobrecargado de neuras.

Entorno los ojos y regreso sensitivamente a aquella mañana de 1992. Es una ceremonia de impacto universal. México, el país anfitrión, tiene gesto de legítimo orgullo. Las dos partes suscriptoras, el Gobierno salvadoreño y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, están listos para ser competidores en el escenario democrático. Y nuestro pueblo, desde sus espacios, observa como destinatario de toda esa dinámica. Las armas ya no suenan alrededor. Otro rumbo inicia su camino.

Se acepta la paz lograda, pero lo verdaderamente significativo es emprender de inmediato su construcción en la cotidianidad. Esto se tuvo que hacer a partir del día siguiente de la firma; pero no se hizo, y así el tiempo perdido al respecto empezó a cargarse sobre todas nuestras espaldas. Hasta que la paciencia se fue agotando y salió a la luz el sujeto mayor, que es la voluntad ciudadana. Y ella usó el recurso de las elecciones para hacerse valer.

Compatriotas, tomemos todo lo ocurrido y lo que está por venir en el sentido más motivador que nos sea posible. Hay, desde luego, actitudes por señalar y corregir, y decisiones que trastornan el proceso; pero eso no debe hacer que nos enfrasquemos en ningún tipo de negatividad. Oigamos y asumamos lecciones. Hagamos que la Patria esté por encima; y así rindámosle honor.

Tenemos que avanzar sin prisa pero sin pausa, porque la consolidación de una paz como la que nos toca afianzar y asegurar en línea sin fin es labor que requiere el empeño de cada día de aquí en adelante. La firma del Acuerdo de Paz sirvió para mostrarnos que sólo la democracia bien vivida funciona.

No hay que seguirse perdiendo en conflictividades estériles ni en desvaríos ideológicos. Necesitamos empeño sustentable, ahora y siempre. La guerra y la paz son los espejos en los que debemos vernos todos los días.

Las angustias del presente son consecuencias de las irresponsabilidades que se han ido acumulando en el tiempo. En nuestra mano está que eso no se repita.

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