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Mañana será Domingo de Resurrección, y en esta víspera se vuelve más que oportuno reconocernos como seres de trascendencia

No tiene que venir de nuevo, porque en verdad nunca se ha ido ni nunca se irá. Tengámoslo presente, como la verdad mayor, en el tiempo y más allá del tiempo.
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El signo más elocuente y definitivo de la divinidad de Jesús de Nazaret es su resurrección luego del sacrificio injusto y cruel que le hizo pasar por tantos dolores y tantas humillaciones. Resucitó para seguir viviendo, y para hacerlo sin las limitaciones del cuerpo físico, que es el único que muere. A partir de aquel momento, los hijos de Dios Padre, y por consiguiente, en otra dimensión y con otros significados, hermanos de Jesucristo, recibimos ese encargo en vida: resucitar cada día para que la vitalidad del ser no se limite a la respiración física, sino que abarque todas las respiraciones del alma. Este día sábado, día de víspera, que llega cada año como un heraldo conocido y desconocido al mismo tiempo, hay y debe haber una propensión más intensa y entrañable al autorreconocimiento de nuestra respectiva y personalizada identidad como crisoles de vida en el más hondo y sagrado sentido del término.

Ese domingo tan especial, como todos sabemos, no se da siempre en la misma fecha, porque para definirlo cada año hay que tener en cuenta la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Luna llena, plenitud. Y en verdad si algo representa la resurrección es plenitud de la vida en movimiento. Jesús, el Cristo, vino a hacérnoslo saber de la mejor manera: con su propia experiencia en la que se enlazan con virtuosismo máximo lo divino y lo humano. Queda, entonces, nítidamente claro que para que el influjo divino pueda hacérsenos patente y asimilable sin vacilaciones ni interferencias es indispensable tocar el límite de nuestra propia naturaleza, lo cual sólo puede alcanzarse en el momento en que el ser se enfrenta con su desintegración, porque sólo ahí se manifiestan los fluidos de la renovación posible, que constituye la labor superior que nos ha sido encomendada.

Aunque la palabra de Dios nos ofrece resurrección futura, en verdad, si bien se lee el mensaje, a lo que está invitándonos subliminalmente pero en forma muy concreta es a la resurrección constante, como producto del esfuerzo concertado de nuestra inspiración y de nuestra voluntad, que al lograr respirar el mismo aire se hacen partícipes del mismo acopio de frescura. Es la cotidianidad convertida en escenario de la trascendencia, como debe ser dentro de la lógica del vivir espiritualizado. Cuando Jesús, en el Sermón de la Montaña, que es el manual supremo del destino que se nos encarga desde arriba, nos manda que seamos perfecto como nuestro Padre es perfecto, está indicándonos que se trata de una tarea sin límites, que debemos asumir con atención al día a día y a la vez con intención de eternidad. Así tenemos que asimilarlo, para ir en armonía de voluntades con la Divinidad.

Nuestras vidas cotidianas están sobrecargadas de angustias y de insatisfacciones, y en ese marco pareciera labor imposible la búsqueda de la perfección y la administración gratificante de la trascendencia; sin embargo, precisamente para hallarles salidas a los círculos viciosos que proliferan en la vida presente hay que apostarle al desafío de la fertilización espiritual en pleno. Fertilización espiritual: de eso se trata, precisamente. Y el mensaje de la Resurrección (así, con mayúsculas) es ese: hacernos saber y sentir que Dios nos trata como el Padre educador que es, aquí a nuestro lado siempre, enseñándonos a valorar cada día, según las circunstancias que se van presentando a diario, nuestra vida presente y nuestra vida futura. Porque en los planos superiores las dimensiones del tiempo interactúan con absoluta naturalidad, como tendrían que hacerlo en las distintas estancias de nuestra conciencia.

Cuando Cristo resucitó, en la soledad de su sepulcro, lo hizo en verdad en compañía de todos nosotros, los humanos de entonces y los humanos de después. Y desde aquel momento está aquí, en presencia que no necesita envolturas carnales. No tiene que venir de nuevo, porque en verdad nunca se ha ido ni nunca se irá. Tengámoslo presente, como la verdad mayor, en el tiempo y más allá del tiempo. Tal convicción adquiere en este preciso momento un brillo enlazado: como verdad natural y como verdad trascendental.

En este Domingo de Resurrección bien haríamos en acoger el mensaje para nuestra propia vida, ya que resucitar es también tarea que nos corresponde por encargo y por dádiva de carácter divino. La inercia no es lo que nos corresponde, sino lo contrario: la reinvención cotidiana. Hemos venido al mundo a recrear la vida, como nos lo enseñó Él, el maestro por excelencia. Hagámosle honor a su enseñanza, que es oferta de eternidad.
 

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