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Marx bicentenario

Todavía en el marco del bicentenario natal de Carlos Marx –quien vio la luz el 5 de mayo de 1818 en la Renania germana–, críticos y apologistas alrededor del mundo se han lanzado a contrastar juicios con puntual fecundidad. No obstante, sin faltar apóstrofes ni vacuidades, es de hacer notar que 200 años también han servido para que los balances sean más objetivos y menos exaltadas las conclusiones.
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Escritor y colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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Dos observaciones irrefutables ayudan a marcar el debate actual sobre el autor de “El capital”: el mil veces corroborado aserto de quienes a lo largo del último siglo advirtieron que las más importantes predicciones de Marx sobre el capitalismo y el socialismo estaban lejos de cumplirse, y el hecho que, exactamente al revés, hoy no quede régimen político alguno que pueda agenciarse la práctica ortodoxa de sus tesis principales. Hasta el castrismo cubano, con casi seis décadas de ruinosa inspiración marxista, sería incapaz de atestiguar ya la validez de una teoría que vaticinaba el inexorable advenimiento de la sociedad socialista luego del declive, también inevitable, del sistema capitalista.

A manera de consuelo, sus admiradores aprovechan el bicentenario de Marx para señalar, por ejemplo, que en un artículo reciente de la revista The Economist se dice que sus ideas “permanecen sorprendentemente relevantes”, como si la pretensión del marxismo hubiera sido llegar al año 2018 gozando de vigencia en ciertas cofradías intelectuales pero sin haber transformado radicalmente el mundo.

Porque el detalle es que Marx sí quería darle una vuelta de calcetín al planeta. Tengamos presente que la famosa tesis con que Marx remata su libro sobre Feuerbach fue apenas un preludio de algo incluso más drástico, escrito en el prólogo del primer tomo de “El capital”: “Quien como yo concibe el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso histórico-natural, no puede hacer al individuo responsable de la existencia de relaciones de las que él es socialmente criatura, aunque subjetivamente se considere muy por encima de ellas”.

En otras palabras, el individuo concebido por Marx se realiza en el proceso de producción, con lo cual la economía queda elevada al orden de la más auténtica antropología, es decir, una manera infalible, omnipresente, “científica”, de explicar la entera realidad humana. Cómo entonces los augurios marxistas han sido continuamente desmentidos por la historia es algo que sus defensores siguen sin aclararnos... ¡doscientos años después!

Esa socorrida excusa que atribuye a los seguidores de Marx el fracaso de sus teorías económicas solo puede entenderse en alguien que no haya leído íntegramente al propio Marx. Es la filosofía materialista en que se fundamenta el marxismo la que otorga peso y coherencia a su ley del valor o a sus tesis sobre el funcionamiento del capitalismo. Despojadas de la creencia que el hombre es una mera actividad consciente de la materia, las propuestas económicas marxistas carecen de respaldo teórico y de cualquier viabilidad práctica. Quienes admitieron la validez de este inmanentismo dieron forma política a las ideas marxistas, comenzando con Lenin. Y millones de seres humanos sufrieron las consecuencias. Por tanto, la pretensión de que Marx no es fuente directa de aplicaciones socialistas, algunas muy trágicas, es un vano intento de exculpación. Ni siquiera le hace justicia.

Tiene razón The Economist cuando reconoce en el marxismo el haber exhibido la naturaleza globalizante del capitalismo –algo de lo que fueron pioneros, por cierto, los economistas salamantinos y Adam Smith–, pero no es por un cúmulo de observaciones acertadas que vamos a defender a Marx como pensador. Su voluminosa herencia intelectual incluye demasiadas justificaciones para los peores estropicios sufridos por la humanidad. Tampoco los aplausos ingenuos son serios.

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