Más allá de la ineptitud y la corrupción

La democracia nos pilló desprevenidos y muy mal educados; sin valores de respeto y tolerancia; sin conocimientos y aptitudes para la participación ciudadana responsable.
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No hace mucho tiempo El Salvador se perfilaba como uno de los países con mejores posibilidades de desarrollo económico y social en Centroamérica y el Caribe. Teníamos un liderazgo empresarial moderno y audaz. Nuestros obreros tenían merecida fama de ser ingeniosos y eficientes. Habíamos sobrevivido a 12 años de guerra y habíamos alcanzado la paz mediante un ejemplar proceso de diálogo y negociación.

Pero las buenas posibilidades quedaron desperdiciadas. Se frenó el crecimiento económico y el proceso de institucionalización democrática. Escaló la violencia hasta extremos demenciales. Se incrementó la pobreza y hemos ido retrocediendo en todos los indicadores de competitividad. Nos hemos convertido en un país sin futuro. Así lo sienten, al menos, los miles de salvadoreños que mes a mes dejan lo poco que tienen y se aventuran a buscar mejores oportunidades en Europa y Norteamérica.

¿Cuándo y cómo ocurrió esta involución en casi todos los ámbitos de la vida nacional? Caben muchas hipótesis y, desde luego, un sinfín de especulaciones. Todavía no atinamos a dar una respuesta acertada a esa pregunta y, mientras no la tengamos, seguimos perdidos en la búsqueda de soluciones.

Todo es culpa de los 20 años de ARENA, pregonan algunos con un grado de convicción cuya simpleza es preocupante. La ideologización de ese tipo de explicaciones es tal que ni siquiera se percatan de que el correlato de esos 20 años de ARENA en el poder son los mismos 20 años de una oposición debilitante y poco constructiva de parte del FMLN y los demás partidos. Igualmente simplistas e ideológicas son las explicaciones que atribuyen todo lo negativo a los casi cuatro años que lleva el FMLN al frente del Ejecutivo.

La campaña para la elección presidencial de 2014 nos da una nueva oportunidad a los políticos y a los ciudadanos para intentar alcanzar un mejor entendimiento de los factores y las causas que debilitan los dinamismos económicos, políticos y sociales. Las culpas, si se quiere hablar en esos términos, se reparten de manera bastante equitativa entre los diversos actores. Aquí nadie está libre de pecado.

Sin darnos cuenta hemos caído presas de la trampa democrática. Hemos usado las libertades y los espacios de participación para anularnos unos a otros, para agredirnos, para ventilar y reciclar resentimientos. La democracia nos pilló desprevenidos y muy mal educados; sin valores de respeto y tolerancia; sin conocimientos y aptitudes para la participación ciudadana responsable; vulnerables a la manipulación y proclives al revanchismo. Se nos va el tiempo y se nos agotan las energías atacando y defendiéndonos con zancadillas, patadas, mordidas y abundantes golpes bajos. Se firmó la paz, pero la guerra nunca terminó. Lo que nos mueve sigue siendo la destrucción del adversario.

Se habla mucho de corrupción e ineptitud en el aparato estatal. Eso es, sin duda alguna, uno de los frenos más notables para avanzar hacia el desarrollo. Pero es necesario ver más allá de esas lacras, porque en el aparato estatal también ha habido y hay en la actualidad personas honestas y muy competentes quienes, a pesar de sus virtudes y de sus buenas obras, tampoco logran un impacto sensible en la realidad del país. Además de los problemas ya señalados, nuestros legisladores y gobernantes tienen severas limitaciones en sus esquemas mentales para comprender las realidades del mundo en que vivimos. Una de ellas es el egocentrismo, la inclinación a pensar que uno o su partido o su país es el ombligo y centro de gravedad del universo; creer que podemos hacer que todo se detenga o gire en torno a nuestra idea, nuestro ritmo, nuestro interés.

El puerto de La Unión es un buen ejemplo de este vicio de pensamiento. Mientras nuestros políticos se toman su tiempo debatiendo el tema de las concesiones, la inversión se mantiene improductiva, la infraestructura se vuelve obsoleta, los panameños expanden las potencialidades del canal y el mundo –indiferente al folklore político salvadoreño– sigue su curso y nos deja totalmente fuera de la jugada.

De igual forma, piensan que se puede desatender el resultado de un arbitraje internacional sin que ello afecte el juicio que los potenciales inversionistas tienen de la seguridad jurídica en El Salvador.

Tags:

  • ingeniosos
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