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Más allá de los Acuerdos

Subjefe de Información de LA PRENSA GRÁFICALos Acuerdos de Paz significaron para El Salvador un salto cualitativo.

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Superaron más de una década de conflicto armado –y el estancamiento (incluso atraso) que eso supuso– y renovaron la institucionalidad nacional. Significó considerar el diálogo y la negociación como la principal herramienta para superar posturas pétreas e inamovibles. Este proceso no significó el triunfo de una parte sobre la otra (ni el gobierno de entonces logró exterminar al FMLN y mantener el statu quo, como era su objetivo, ni la guerrilla llegó a instaurar en el país un régimen socialista, como idealizaba), de ahí que surgió un híbrido que fue lo que, en ese momento, tenía posibilidades de funcionar y tenía el consenso de los protagonistas.

Sin embargo, los Acuerdos de Paz no terminaron enseñando nada a los actuales actores políticos salvadoreños. De ser un ejemplo mundial de cómo el diálogo y la negociación superan conflictos pasamos a ser referente global por el número de muertes violentas.

Nuestros políticos están llamados a sentarse a dialogar, negociar y lograr un acuerdo de Nación que trascienda ideologías e intereses partidarios o particulares. No obstante, ARENA y el FMLN encontraron en la confrontación el motor del aparato político nacional. La polarización alimenta las maquinarias electorales. Eso funcionó bien por más de dos décadas, pero si bien ha demostrado ser eficaz para decantar el poder, no es viable en el mediano plazo.

Los ciudadanos cada vez creen menos en los políticos que integran los partidos políticos. Y eso es grave porque ya hemos visto los efectos nefastos que implica entregar el poder a los que se autodefinen como mesías y salvadores de la humanidad.

El Salvador tiene la suerte de tener partidos políticos fuertes, con doctrina y escuela política, independientemente de su ideología. Dos anclas fuertes (ARENA y FMLN) y otros partidos históricos que enriquecen el sistema (PCN, PDC, GANA) y la posibilidad de nuevos actores. No es momento, entonces, de creer que movimientos creados alrededor de una figura, vacíos de doctrina, puedan ser la solución.

Ahora es cuando los integrantes de ese sistema político que tenemos desmonten sus intereses a corto plazo y definan metas de desarrollo para este país para mediano y largo plazo. La continuidad como Estado y sociedad salvadoreña está en juego. Solo al definir objetivos comunes, identificar problemas transversales y poner en marcha soluciones integrales podremos hacer crecer nuestra economía y mejorar la calidad de vida en el país.

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