Más allá de los resultados

Al momento de escribir esta columna, faltaban 48 horas para que finalizara la votación, en unas elecciones sin duda cruciales, pero también matizadas por renovadas esperanzas cuya materialización ha sido largamente postergada.
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Lo único que podíamos constatar era la finalización (legal) de una larga campaña, ofrecimientos sobredimensionados, simulacros fallidos para la captación y transmisión de datos, atrasos en enviar los paquetes electorales, algunas víctimas y conatos de bronca entre contendientes, amenaza pandilleril, doble violación por parte de Alba Alimentos (nuevamente participación en la campaña y difusión de propaganda en tiempo prohibido), y muchas personas abasteciéndose de lo que los salvadoreños consideramos “esencial” para celebrar el triunfo o lamentar la derrota.

Tampoco pasamos por alto que CAPRES no actuó como lo hizo descarada y cínicamente en las pasadas elecciones presidenciales, aunque también sacó anuncios de supuestos logros, incluyendo una nueva fase del anticipado por muchos como fracaso: el SITRAMSS. Además, fue notorio el espacio que ocupó la propaganda relacionada con la lucha por la alcaldía de San Salvador, que virtualmente eclipsó la destinada a las elec ciones de diputados y, algo muy relevante, se fundamentó en muchos sentidos en ofertas que más bien parecían como propaganda para una elección presidencial.

Obviamente, también matizaba el ambiente la oportunidad que tendríamos los votantes de seleccionar a los representantes que según nuestra propia conciencia desempeñarían mejor su papeles. En este caso, la atención sí estaba puesta en los futuros miembros del Parlamento, de cuyo desempeño, visión y compromiso, si es que las diferentes cúpulas partidarias los respaldan, dependerá en gran medida que el país salga del atolladero en que está metido.

En este sentido, lo que sí se podía anticipar era que, más allá de los resultados, las diferentes fracciones deberían comenzar por aceptar que si no hay un mínimo consenso en torno a los grandes problemas nacionales –crecimiento económico, sostenibilidad fiscal, inseguridad, fortalecimiento institucional, entre otros– se seguirán postergando decisiones que cada día que pasa se tornan más críticos. Las consecuencias de no hacer nada por el “costo político” –que es inevitable en cualquier decisión orientada a la alteración total del statu quo– se pueden volver intolerables especialmente para los sectores más desprotegidos. Consecuentemente, el atrincheramiento ideológico a que nos tiene acostumbrado el sector político debería dar paso, idealmente, a una nueva dinámica parlamentaria que contribuya a devolverle la esperanza a la población en general.

Pero ello tenía (tiene) como prerrequisito un liderazgo fuerte y ecuánime de parte de quien dirige el Órgano Ejecutivo. Muchos confiamos en que el profesor Sánchez Cerén, e independientemente de las claras presiones que sobre él ejerce la alta dirigencia de su partido, se empeñará en mantener y reforzar toda acción que contribuya a potenciar la unidad nacional. Y aunque esto parece utópico, debemos entender que es la única vía que nos queda para salir adelante y evitar una involución total.

En este escenario, igualmente cobraban (cobran) importancia los concejos municipales plurales. Estos tendrían una responsabilidad mucho más formidable a partir de su nueva conformación. Siendo el municipio la instancia política más cercana al ciudadano, en adelante este tendrá la oportunidad de conocer de cerca el funcionamiento del sistema político y cómo actúan sus representantes. A lo largo de la campaña, solo escuchamos al amigo Roberto Cañas, candidato por el CD, elaborar sobre las responsabilidades, desafíos y oportunidades con que se enfrentarán estos cuerpos colegiados. También hubo una nota discordante, como la de aquel candidato que dijo que si no ganaba la silla edilicia principal él no participaría en el concejo plural, actuando así como una “prima dona” cuyos máximos exponentes los tuvimos en la pasada administración y en la legislatura que termina.

En aquel momento, también asumimos que el votante se volcaría a las urnas con mucha responsabilidad en torno al cambio. Pero también, que los resultados, producto de una mayor libertad para elegir, serían legitimados por un proceso transparente y veraz, tutelado por un TSE puesto al servicio del país entero.

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