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Más allá del 16 de enero de 1992

Tenía 14 años cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. Recuerdo que lloré, junto a mi mamá, cuando vi la transmisión de la firma en la televisión. Para entonces, aún guardaba frescos en la mente los recuerdos de la ofensiva de 1989, el helicóptero disparando a la fosa cercana a mi casa, la terrible noticia de la muerte de los jesuitas (yo estudiaba en un colegio de jesuitas) y la angustia, la terrible angustia con la que viví esa semana de noviembre, justo la semana en que cumplía años.
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Hasta antes de la ofensiva, mi acercamiento con el tema de la guerra se lo debía a la persona que nos ayudaba en la casa. La niña Tere, a la que recuerdo con profundo cariño, me contaba todas las historias que había tenido que pasar para esconder a su hijo y evitar que cualquier de los bandos se lo llevara. Cómo había huido de su natal Ciudad Barrios y cómo había vivido amenazada durante muchos años.

Así que cuando la ofensiva inició, y mi mamá puso cara de horror, mi tía y su familia se regresaron a mi casa al no poder ingresar a su casa porque la colonia Universitaria Norte ya había sido tomada, cuando nos tiramos al suelo, se fue la luz y tuvieron que colocar colchones en las ventanas, supe la angustia de la guerra, el miedo, la tristeza de solo pensar en la posibilidad de perder a alguien de mi familia.

De las cosas que tengo más claras es la imagen de un soldado montado en una tanqueta, se dirigían hacia las faldas del volcán, a un enfrentamiento. Con una sonrisa franca se dirigió a mi mamá que por primera vez en días había asomado la cara a la calle. Y le pidió un cigarro. Me acuerdo de su cara, exhausta y de su gesto. Mi mamá bajó las gradas para acercarse a él y le entregó la cajetilla completa. Y le dijo algo alusivo a una bendición.

Todavía se me estremece el cuerpo con esa imagen, sobre todo porque entonces era incapaz de entender en una gran extensión por qué estábamos en esa situación.

No considero haber “vivido la guerra” en el sentido estricto de la palabra. Viví episodios de ella, que me dejaron muy marcada. Por eso me cuesta tanto entender que gente que dejó algo más que un cumpleaños, algo más que un día de miedo, no hagan más 21 años después para defender lo que les costó tanto rescatar, esa paz, ese intento de democracia.

Duele ver a estas alturas a los bandos peleando bajo argumentos obsoletos, ver los mismos rostros y los intereses cambiados. Ver que se siguen acusando mutuamente, que siguen creyendo que uno fue el bueno y otro el malo, que sigan creyendo que unos hicieron más que otros.

Tanto reproche no nos ha dejado construir. Los pobre siguen siendo pobres, aunque observo con un poquitito de esperanza que tenemos una sociedad un tanto más educada, más empoderada, un tanto más fortalecida para reclamar por sus derechos.

Claro que ganamos mucho, claro que ya no hay represión y que vivimos con más libertad de decir lo que pensamos y de actuar conforme a eso. Pero la pobreza sigue allí, mal atendida, las causas estructurales que propiciaron la guerra en poco o nada se han disipado.

Y 21 años después sigo cuestionando quién va a comenzar a proponer más y a criticar menos. Cuándo llegarán los relevos a la política, la nueva era, la reconstrucción del tejido social. Todavía creo que podemos enrumbar este país, con honestidad y sin intereses mezquinos. Podemos empezar por no olvidar de dónde venimos y lo que sacrificamos en el camino hasta aquí.

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