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Matices y artilugios de la gestión pública

Ningún ciudadano que se precie de sensato espera que la sociedad sea conducida por un gobernante impoluto.
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Por un sinfín de razones, hasta el más iluminado estadista puede cometer desaciertos escandalosos, especialmente cuando es mal aconsejado o lo abandona la cordura para caer en lo grotesco. Como dijo Aristóteles: “No hace falta un gobierno perfecto; se necesita uno que sea práctico”. O como lo sellaba el político italiano Giulio Andreotti: “Gobernar no consiste en resolver problemas, sino en hacer callar a quienes los crean”.

En nuestro caso, la diversidad y complejidad creciente de los problemas que vivimos a diario –obviamente potenciados por la pretensión de imponer un proyecto político que ha sido desacreditado en varios países de la región por incidencia perversa en la convivencia armoniosa, el progreso con equidad y las libertades fundamentales– el arte de gobernar, suponemos, se convierte en una permanente pesadilla. Y como este proyecto, por su propia naturaleza, supone debilitar la institucionalidad, repartir lo ajeno y crear enormes espacios para que una burocracia inepta alimente el ego de sus dirigentes y blinde sus fechorías, no puede esperarse otra reacción de la población, como no sea la de rechazar esos abusos.

También reacciona, cuando esas acciones conducen a laberintos de los cuales ni los mismos actores encuentran la ruta de escape. Estos ejercicios son especialmente frecuentes en el campo impositivo, porque este resulta muy fértil para lograr propósitos inconfesables. Es cierto que el país está atravesando por una situación fiscal que no se veía desde hace 30 años, pero desgraciadamente de esto no se hace cargo un gobierno que sabe que está a punto de colapsar fiscalmente, cuando irresponsablemente lanza un esperpento social como el de los “ninis”. Tampoco actúan consecuentemente quienes gastan a manos llenas recursos escasos, obviando por ignorancia o sadismo, las necesidades de los menos afortunados y las advertencias del FMI de una situación fiscal insostenible en el corto plazo...

Los débiles argumentos en cuanto a la necesidad de nuevos impuestos como el célebre aumento del 13 % en la factura eléctrica cae en ese mar de contradicciones y medias verdades, donde hasta el destino de los recursos resulta poco claro, aun cuando en su defensa compliquen más a una de las autónomas otrora más prestigiadas, como la CEL. Las sospechas sobre el uso de esos recursos aumentan, al recordar la reorientación que se le dio a los provenientes del impuesto que gravó las comunicaciones y elementos conexos, así como el sobre gravamen del 5 % a un segmento de las empresas rentables. Cae como anillo al dedo, mencionar la reacción visceral de los diputados ante un spot televisivo, que recoge la opinión que de ellos tiene la población, sin parar mientes en el flaco favor que le hacen a la austeridad, a la libre expresión, igual que a la institucionalidad, al pretender, de manera inconsulta, extender el período de su gestión, dando la impresión que el actual no es suficiente para materializar sus brillantes iniciativas.

Más allá de la ofensiva fiscal y sus ambiguas justificaciones y de las ofensas que recibe la población desde el Salón Azul, hay un sinnúmero de casos que están encabritando más a la gente. Para no ir muy lejos, se ofende cuando CAPRES oculta información sobre los periplos del expresidente Funes, o cuando calla ante el tratamiento brusco a una activista social, descontenta con el disfrazado impuesto del 13 %. Igualmente por la forma opaca con que ha manejado el accidente que se cobró la vida de un humilde salvadoreño. En este escenario claroscuro que vivimos tampoco podemos obviar las opiniones encontradas entre el secretario general del partido y el secretario técnico de la Presidencia sobre el rumbo que deben tomar las relaciones con EUA. Evidentemente no podemos callar al primero, ni aun cuando ataca al país que contribuye a hacer más llevadera la vida de los salvadoreños, vía ayuda monetaria y tratamiento migratorio especial a nuestros compatriotas. Sin embargo, no podemos callar cuando con sus actuaciones dejan la impresión de que lo que nos rige es el binomio partido-gobierno. Y esto, como todo lo anterior, no es un asunto trivial.

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