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Mauricio Funes decidió subirse a los escenarios

<p>Algunos creen que Mauricio Funes se cree Dios en la tierra y hasta novillo de oro. Otros juran que su papel es de pacotilla. Yo no lo creo así. Mauricio puede tener una personalidad particular que no imante a todos, pero los estudios de opinión nos demuestran que su imagen no se apolilla.</p>
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<p>Al revés: cuanto más duro lo golpean algunos sectores, más crece el apoyo que recibe en las encuestas de opinión. Entonces, algo capitaliza Mauricio que, quizá, no se pueda entender del todo. No reconocerlo es una equivocación.</p><p>Por los comentarios que escucho, el hecho de que Mauricio suba casi 10 puntos en las encuestas tiene a algunos como en tiempos de Napoleón: ni los filósofos ni los poderosos sabían cómo interpretar la buena fama que mostraba.</p><p>Es cierto: este no es un gobierno estupendo. Toda suerte de dificultades lo tiene contra la pared. No hay fábrica de empleo, la economía local es la más débil de Centroamérica, y la gente almuerza y desayuna con un grado adicional de pesimismo. Además, los bochinches entre el sector privado y el Gobierno tienen al país sin grandes apuestas por el crecimiento económico y el progreso.</p><p>Pese a eso, la imagen pública de Mauricio Funes está robusta. El pueblo lo tiene como un buen hijo de la razón. Aunque algunos le hagan a Mauricio reclamos casi dinásticos, lo menos que se puede advertir es que los salvadoreños lo han colocado como una de las cabezas de una nueva meritocracia que rompió con el manejo pasado de algunos asuntos públicos.</p><p>A pesar de que el gobierno de Mauricio no sea épico, tampoco se puede decir que todo está mal. Al actual gobierno le ayuda mucho el notable papel de un ministro de Obras Públicas como Gerson Martínez, quien está llenando las calles de obras públicas con una honradez inédita. Mauricio tiene además a su lado a una primera dama que trabaja durísimo y está encaprichada en dejar una profunda huella social. Es probable que contribuya también muchísimo lo que pueda hacerse en asuntos de salud y educación, donde acaba de colocar a un ministro de lujo, aunque poco pregona lo que hace.</p><p>Creo que si a un gobernante le empuja su imagen una hábil primera dama y tres buenos ministros de Educación, Salud y Obras Públicas, siempre cerrará bien sus inventarios personales. Los individuos, quienes generalmente hunden a los gobiernos cuando poseen la sensación que perdieron el control del mecanismo público, cambian su papel cuando miran, juntos, cuatro o cinco caballos de primera línea halando los asuntos públicos. Y eso está ayudando al presidente Funes. Tiene buenos vigilantes de la educación, la salud y las obras públicas.</p><p>Pero no todo viene de afuera. Cuando un gobernante posee una buena imagen pública es porque posee una notable autodisciplina para forjarse su molde.</p><p>Al principio de su gobierno, Funes aparecía poco públicamente. Creo que sus asesores lo guiaron bajo los signos del gobernante enigmático que seguía un método que no me gusta del todo: cuando estalle una crisis, el mandatario debe desaparecer. Por eso quemaron un microbús con una veintena de personas adentro, y Funes nunca apareció, a pesar de que su pueblo quería que lo arrullaran ante el espanto y el dolor. Pero el secreto era mantener una escena pública crónicamente vacía cuando estallaran las crisis.</p><p>Ahora, algunas cosas cambiaron. La inseguridad está atemperada, las cosechas de granos no andan mal, las obras públicas revientan en muchos sectores del país, y entonces el gobernante aparece más en público. Cuando se produjeron los puñetazos entre los poderes, Funes primero tomó partido frente a la Sala de lo Constitucional. Luego rectificó y se transformó en el mediador que acabó con un lío de varios meses. Todo eso suma. Funes se ha subido a los escenarios y en eso siempre fue una estrella. Por eso no creo que, a pesar de los problemas nacionales, su popularidad baje. Es un buen piloto que jamás se aparta de la ruta de aeronavegación. Y eso no es malo para un país.</p><p>&nbsp;</p>

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