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Me resisto

Me resisto a aceptar que El Salvador, nuestro país, está entre los peores para nacer. Y me resisto porque esto significa que el país no tiene futuro.
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Continuamos compitiendo con los peores lugares en reportes internacionales. A nadie entusiasma el resultado del estudio de la revista The Economist sobre los mejores países para nacer. Entre 80 países evaluados, nuestra posición fue la número 62. Nos gana Ecuador en la posición 65. Con este estudio, el presente y el futuro son poco esperanzadores. Las perspectivas para los que lleguen a 18 años en 2030 son igualmente desalentadoras. ¿Esta información desmotivará embarazos? ¿Motivará la emigración de jóvenes parejas? Estas son las implicaciones personales esperadas. Pero estas son las decisiones personales más fáciles e irresponsables. Son esas decisiones que a nadie le conviene estimular.

Digo fáciles porque los resultados de estudios internacionales, con los que van a venir y con los que se dieron a conocer el año recién pasado, nadie puede decir (exceptuando los funcionarios del Gobierno) que la gente siente que estamos bien. La gente no se siente bien. La gente no está a gusto. Y no lo está porque siente que el ambiente es poco favorable porque faltan oportunidades de trabajo, porque faltan oportunidades y cree que las oportunidades están monopolizadas, porque tienen miedo a invertir lo mucho o lo poco, lo propio o lo ajeno, porque cree que lo va a perder por la inseguridad jurídica y por las extorsiones y amenazas. No se siente bien porque mucho se habla y promete y nada se cumple. No se siente bien porque no percibe diferencias de un lado ni del otro. No se siente bien porque todos aquellos a quienes confía sus intereses tienen éxito personal pero fallan con el bienestar y el bien común.

Hay que tomar conciencia de que el ambiente y la situación no están bien. Hay un funcionario de Gobierno que lo dice con cifras y análisis de tendencias, hay varias instituciones de investigación que lo dicen y lo repiten; pero no hay una postura ni visión común en el Gobierno. Cada año en las primeras entrevistas del año, personajes con puestos clave anuncian que “es el año de los cambios, que es el año para sentar las bases, que el siguiente año se tendrán los frutos”. Así venimos desde 2009 y a la fecha, la gente no siente mejoría en el ambiente. Y esto hay que cambiarlo. Y hay que cambiarlo porque las cifras nunca van a modificarse con un ambiente intencionalmente creado de desorden, de confrontación, de acusaciones, de mentiras, de impunidad y de privilegios. Nada de esto es favorable al bienestar.

Los dirigentes del país y los funcionarios que temporalmente están en los puestos de decisión, los medios de comunicación, los educadores, los religiosos, los generadores de opinión, los empresarios de todos los tamaños, los trabajadores, los padres y las madres y todos los ciudadanos debemos tomar conciencia del efecto negativo que tiene en los sentimientos el ambiente que a diario se construye. Trabajar, estudiar, invertir y vivir necesitan un ambiente que inspire confianza y credibilidad, un ambiente que estimule el talento personal, un ambiente que estimule la investigación y construcción de oportunidades.

Me resisto a aceptar que El Salvador, nuestro país, está entre los peores para nacer. Y me resisto porque esto significa que el país no tiene futuro. Pero ¿quién construye el futuro? ¿Quién hace que las cosas sucedan en el país? Estamos a punto de llegar a los 21 años de la firma de los Acuerdos de Paz, en un ambiente de demandas irracionales e irresponsables, de afirmaciones de conocidos voceros que tuvieron armas que confunden a la ciudadanía y justifican una “guerra prolongada” callejera que a nadie conviene y que pocos, muy pocos, quieren.

A 21 años de la firma de la paz, hay que hacer un llamado al orgullo personal y a la dignidad nacional. Hay que hacer un llamado al realismo con mucha dosis de autoestima. Y hay que hacer un llamado exigente al optimismo. Y esto pasa necesariamente por asegurar que los principales dirigentes y funcionarios acatan la ley y son cuidadosos con sus palabras. Nada de eso de “vamos a aplicar todo el peso de la ley”. Nomás aplíquela sin tratamientos diferenciados y asegure que en las calles y avenidas del país se recuperan el orden y la limpieza para que cada quien descubra oportunidades y aproveche su talento.

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