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Memo desde Pekín: "Singles Day", la economía digital y Nayib

El cuento que quiero contar sobre mis experiencias en la China pasa primero por Taiwán y el gobierno de Tony Saca, luego por la sede de Alibaba en Hangzhou, y termina en un carro eléctrico, que me depositó en el aeropuerto de Pekín por la mañana.

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Isabel de Sola - Presidenta de Fundación Herbert de Sola

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La primera vez que vine por estos lados fue en 2004, a Taipéi, durante un intercambio de jóvenes diplomáticos organizado por el Gobierno de Taiwán. A nosotros los apreciados aliados, nos recibieron como reyes durante dos semanas programadas al tope con cursos y visitas, cuyo objetivo principal era convencernos de la visión de esa isla como un Estado soberano viable, moralmente superior a su opresor (y curiosamente su principal socio económico), la China popular.

De casualidad en esas fechas llegó la primera visita oficial del recién-electo presidente Tony Saca. Los taiwaneses tiraron la pagoda por la ventana: la visita oficial salvadoreña recibió los más altos honores del presidente Chen Shui-Bian, con banquetes, discursos, shows culturales. Como diplomática de mi país, logré entrevistar al nuevo gabinete sobre sus planes para generar crecimiento económico y una mayor inversión social. La relación con Taiwán prometía mucho para ambos objetivos.

Hoy por hoy, Tony Saca está en la cárcel. Supimos que unos cheques con origen taiwanés tuvieron mucho que ver con su elección, y todo que ver con la cínica persecución al fallecido Francisco Flores. Mientras tanto el presidente Chen también terminó en la cárcel por corrupción al orden de casi $800 millones, según sus acusadores. No me pasa esta ironía.

La segunda vez que visité la región fue a China popular en 2012. Conocimos plantas de producción de carros, de alimentos, de productos blancos. Las empresas nos recibían con té verde y nos bombardeaban con presentaciones sobre sus políticas de responsabilidad social y la sostenibilidad. Pero una caminata sencilla por la neblina tóxica de Pekín demostraba claramente al visitante las graves lagunas entre el modelo manufacturero chino y el bienestar.

Volví esta semana a China popular para conocer a varias empresas campeonas de la economía digital. Entre ellas, visité Alibaba, cuya sede queda en la ciudad "secundaria" de Hangzhou, de 8 millones de personas. Alibaba integra una plataforma de ventas en línea (Taobao), con negocios asociados de logística, pagos en línea (Alipay), y también una financiera para microproductores (Ant Financial). Estaban trabajando 24/7 con el frenesí de hormigas bajo ataque, en preparación para la gran venta de "Singles Day", que tuvo lugar el 11 de noviembre. En un solo día, vendieron más de $30 mil millones.

La introducción de las plataformas de comercio en línea ha revolucionado esta economía. Mientras el gobierno chino llevó la infraestructura, las plataformas tecnológicas conectaron a los pequeños productores con los infinitos mercados urbanos o digitales. Me explicaron que los datos sobre las preferencias de sus consumidores son esenciales para que los productores puedan adecuar sus estrategias. La data, me aseguraron, no es petróleo ni oro: es la "sangre" de esta nueva economía.

Funciona así: un microproductor de nueces en el pueblo rural de Bainiu (población 1,500 personas) crea su tienda virtual en Taobao y encuentra no menos de 80 millones de potenciales compradores en el sector alimenticio. Para que pueda vender mejor, Alibaba comparte con el productor su análisis sobre el comportamiento del consumidor de nueces. El productor promedio de Taobao incrementa su ingreso por 3 veces, independientemente de su nivel económico o de educación.

Con 200 millones de pequeños productores inscritos solo a Taobao (pues hay otras plataformas), esta es la economía digital inclusiva. Y lo es no por accidente, pero por diseño. No es la economía perfecta. Y eso sí: hay que ceder libertades y derechos humanos para funcionar en la China (por cierto, al aterrizar grabaron mis huellas digitales y mi rostro para siempre en sus bases de datos). Pero la trayectoria de Alibaba nos da un vistazo de cómo la economía digital pudiera ser más justa.

Camino al aeropuerto bajo un cielo cristalino, el conductor del carro eléctrico Didi (Uber de la China) me preguntó de dónde era. Le conté que originalmente soy de El Salvador. Sonrió grandemente y con el poco inglés que manejaba me expresó su agradecimiento que El Salvador abrió relaciones diplomáticas con la China.

Esperando el despegue, leo los tuits de Nayib Bukele sobre la "injerencia" de la China popular en los asuntos políticos de nuestro país. Quizás la China popular quiere influir en nuestra elección, de la misma manera que lo quiso hacer Taiwán en su momento, pero créeme, Nayib, que 150 millones en arroz es una distracción.

Hay mucho más que debemos entender acerca de cómo la China nos va a influenciar a futuro. La China ya es la primera potencia mundial en datos y está trazando el rumbo hacia la inteligencia artificial. Es un país que se posiciona como un nuevo donante al desarrollo internacional. Es un mercado de 800 millones de e-consumidores, si es que queremos aprovecharlo.

Visto todo lo anterior, el temor de algunos sectores salvadoreños a la China parece mal ubicado –a mí me preocuparía más que no se fije en El Salvador, ¡al que se fije! En un instante la China habrá marcado el rumbo del futuro y el resto del mundo sentirá su impacto. Pudiéramos influir en ello, con una diplomacia hábil basada en una evaluación seria de las oportunidades, y los costos, que nuestra relación con China popular implicara.

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