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México, el horror

¿En qué momento nos acostumbramos a que tres estudiantes sean diluidos en ácido?
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Jorge Ramos / Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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¿Qué día dejamos de buscar a los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, México?

¿Desde cuándo es normal que sean asesinadas más de 100 mil personas en un sexenio?

¿Por qué no pasa nada en México?

De solo escribirlo me da escalofríos. Javier Salomón Aceves Gastélum, Jesús Daniel Díaz García y Marco García Ávalos, tres estudiantes de cine de Guadalajara, desaparecieron el pasado 19 de marzo mientras grababan un video para una tarea escolar. La casa donde grababan un documental en la población de Tonalá, aparentemente, fue de un narco y, además, uno de los estudiantes fue confundido con un rival, según la información de la fiscalía del estado de Jalisco.

Por eso, creen, fueron secuestrados por un cartel y torturados. Parte de la tortura consistió en tablazos en la espalda y las nalgas. Luego fueron asfixiados con una soga en el cuello y sus cuerpos diluidos en contenedores con ácido clorhídrico para no dejar huellas. Pero manchas de sangre permitieron su identificación.

El cineasta Guillermo del Toro siguió muy de cerca el caso tras la desaparición de los estudiantes y al enterarse de su muerte escribió esto en un tuit: “Las palabras no alcanzan para entender la dimensión de esta locura. 3 estudiantes son asesinados y disueltos en ácido. El ‘por qué’ es impensable, el ‘cómo’ es aterrador”.

Los mexicanos nos hemos acostumbrado al horror. En ningún otro país del mundo ocurre esto. Es una terrible combinación de violencia extrema, de corrupción e incapacidad del gobierno para impedirlo, de cifras gigantescas y de casi absoluta impunidad.

Y no pasa nada.

En otros países, estoy seguro, todo se paralizaría hasta dar con los responsables y al exigirle cuentas al presidente y al gobernador del estado donde ocurrieron los asesinatos. Pero la vida sigue igual en México. El presidente Enrique Peña Nieto estaba en Alemania cuando se aclaró el crimen y no hubo protestas masivas a su regreso a México. Al gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, lo escuché por la televisión enumerando sus supuestos logros contra la delincuencia. Pero la realidad es que ninguno de los dos hizo nada para evitar el asesinato de tres estudiantes que estaban haciendo su tarea.

A esto hemos llegado. El sexenio de Peña Nieto, al llegar a los 104 mil homicidios dolosos, ya es el más violento en la historia moderna de México. Más, incluso, que el del presidente Felipe Calderón. Peña Nieto será recordado como uno de los peores y más incompetentes presidentes que haya tenido México. Ahora el asunto importante es qué va a hacer quien lo reemplace.

Escuché con mucho cuidado el pasado debate presidencial –el mejor que hemos tenido en México– y no percibí un sentido de urgencia entre los cinco candidatos para evitar tantas muertes. Que no nos maten debe ser la prioridad del próximo presidente.

Yo quisiera escuchar a los candidatos en un largo debate, sin tantas reglas, sobre crimen y corrupción. Urge un consenso nacional sobre qué hacer, independientemente de las diferencias partidistas. Si las cifras de muertos y desaparecidos no cambian dramáticamente al principio del siguiente gobierno –y se inicia una verdadera cacería de corruptos (que son muchos)– el próximo presidente será visto como un fracaso o un engaño. No nos podemos dar el lujo de tener otro sexenio perdido y mortal como el de Peña Nieto.

Tampoco nos podemos acostumbrar al horror. Es un falso decir que solo los criminales y los narcos se están matando entre sí. Javier, Jesús y Marco no eran criminales. Tampoco lo eran los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Siempre le ocurre a otros hasta que te toca a ti o a tu círculo más cercano.

Y tenemos que empezar aceptando que lo hecho contra la violencia y la corrupción en los últimos 12 años ha sido una trágica derrota. Sí, hemos tenido dos gobiernos incapaces que se rehusaron a cambiar una estrategia equivocada. Pero la culpa también es nuestra. Dejamos a Calderón y a Peña Nieto cometer error tras error. Nunca los incomodamos lo suficiente como para obligarlos a corregir el rumbo. Su presidencia nunca estuvo en juego, siguieron jugando a gobernar y nos arrastraron al hoyo.

Lo que está viviendo México es un horror. Reconocer esto es el punto de partida.

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