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Mi fe, mi Iglesia…

En estos confusos y alocados tiempos, el católico se siente amenazado, sitiado; sobra quien cuestione su fe cristiana, sus creencias, rituales y valores, su afiliación y obediencia a su Santa Iglesia, cuya entereza moral, como institución, es constantemente cuestionada a raíz de las acciones de algunos; ya no digamos ese constante sensacionalismo que rodea lo apocalíptico, el fin de los tiempos, el papa negro, la desaparición de la Iglesia ¡patrañas y charlatanerías! Ni hablar de los avances de la ciencia; el progreso del entendimiento es tomado como clavos en el ataúd de la fe.
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La fe es algo sumamente personal. Como hombre de ciencia me siento muy cómodo con mis creencias y con los dogmas de mi fe cristiana. Creo en la evolución y en la selección natural de las especies como una teoría explicativa de un segmento de la creación, de la especie ya existente, pero también acepto las limitantes de esta. En ningún momento explica el origen de la vida; creo en la complejidad específica e irreductible de ciertos procesos que simplemente no son explicables por aleatorias mutaciones, donde el todo y sus componentes son lo mismo.

Así como no existe una teoría unificada que explique los fenómenos físicos del universo, tampoco existe una teoría unificada que explique la vida. La ciencia nunca ha creado nada, la ciencia es simplemente el observar lo ya creado, entender y aprender a usarlo; la ciencia no creó el átomo, ha estado allí por millones de años, el hombre simplemente lo observó, lo medio entendió y lo puso a buen o mal uso.

Me maravillan los misterios de la naturaleza, los pétalos de la flor del girasol, seccionados en segmentos de ángulo aureal en un patrón de serie de números Fibonacci, serie que también se encuentra en la flor de la alcachofa, la reproducción idónea de las abejas; me maravilla su eficiencia, el genoma humano es 99 % coincidente con el del ratón y ese 1 % de secuencias es suficiente para tan abismal diferencia; los colores no existen, el universo se dice es de un color verde cobrizo, lo que existe vibra, los ojos la perciben, el cerebro decodifica y “vemos” los colores; toda esa belleza de extraordinarios colores, la aurora boreal, los otoños de la Nueva Inglaterra, el arcoíris, todo, existe solo en nuestras cabezas. Detecto la presencia del Gran Diseñador, el del orden entre el gran caos, el creador del gran muro de nuestro entendimiento: el factor tiempo. Lo que para nosotros es el ayer o el mañana para Él es siempre el presente.

Mi fe no roza con la ciencia, mi fe no tiene límites, la ciencia sí, es la ciencia la que roza con mi fe. Mi Iglesia Santa, Apostólica y Romana es indestructible, yo no resido en la iglesia, la iglesia reside en mí, y mientras haya uno, tan solo uno de nosotros, la iglesia existe, es semilla suficiente para florecer una y otra vez, fiel testigo han sido los siglos de los siglos.

Rechazo la interpretación literal del viejo testamento, obliga al cristiano a seleccionar sus preceptos. ¿Quién hoy en día lapidaría en público a la mujer adúltera? Acepto la misericordia de nuestra cristiandad: el perdón de esa mujer.

Acepto la hegemonía de Nuestro Señor Jesucristo como nuestro salvador y como el cierre de un capítulo y el abrir del nuevo: “Aparecieron conversando con Él (Jesús) dos personajes, rodeados de esplendor, eran Moisés y Elías…” “Este es mi hijo, el escogido, escúchenlo.” Que el Espíritu Santo los acompañe en la Semana Mayor que se avecina. ¡Salve Regina!

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